Alianza, pues siempre no

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El saldo electoral de las elecciones en seis gubernaturas el pasado 5 de junio resulto con una severa crisis de expectativas: la alianza opositora solo funcionó en la elección de Durango, una plaza del PAN con un candidato del PRI, en tanto que fue un sonoro fracaso en Hidalgo donde la secretaria general del PRI se inscribió como candidata del PAN y no pudo ganar. Y como era de esperarse, el PRD perdió la gubernatura de Quintana Roo que había ganado en alianza con el PAN.

El éxito de la alianza Va Por México en las elecciones legislativas de 2021 no pudo expenderse a las votaciones de gobernadores, con el dato adicional de que la coalición no asistió unida a las seis nominaciones.

Las cifras consolidadas de las votaciones de gobernador revelaron la disparidad de los partidos coaligados en cuanto a presencia local, lealtad del voto y sobre todo unidad interna. El PRD se redujo a su mínima expresión y perdió el registro en varias entidades por no haber alcanzado la votación mínima de 3% y el PRI fue derrotado en dos bastiones importantes: Oaxaca, donde el gobernador priísta saliente Alejandro Murat Hinojosa quería perfilarse como candidato a la presidencia del PRI; y en Hidalgo no pudo explicarse el galimatías político de que la secretaria general del PRI fuera candidata a gobernadora con el escudo del PAN.

La alianza opositora Va Por México se dedicó a vender expectativas irrealizables de una fortaleza derivada de la suma matemática dependencias de votos partidistas. El PRI sigue enfrentando conflictos internos de liderazgo y el PRD se ha reducido a su mínima expresión. En este sentido, la estructura más sólida de la coalición opositora descansa en la fuerza, estructura y bases electorales del PAN.

La expectativa de la alianza opositora buscó vender la posibilidad de victorias que frenara la expansión territorial de Morena, pero la figura política dominante del presidente López Obrador sigue consolidando la tendencia adelantada de votos de Morena. El dato revelador señala que esta vez el presidente no hizo prácticamente ningún intento de montarse en las campañas, aunque siguió imponiendo su imagen a través de las conferencias mañaneras.

La alianza opositora redujo su control territorial a ocho gubernaturas, el 25% del total, en tanto que Morena y sus alianzas disparó su dominio a 22 estados, el 68.7% del total. Las gobernaturas que se votarán en 2023 –Estado de México y Coahuila– no pintan bien para el PRI, pues en la primera domina Morena en los primeros sondeos y en Coahuila se pagará la factura de Hidalgo y ya desde ahora hay una guerra política de ataques y revelaciones en las dos figuras que dominan el espectro priísta: el exgobernador Humberto Moreira y su hermano también exgobernador Rubén Moreira entraron en una zona de guerra civil que ya debilitó al PRI, con los primeros indicios de que posiblemente Humberto, expresidente del PRI en el Gobierno de Peña Nieto, se puede sumar a la corriente política de Morena. El riesgo que está causando pánico en el PRI pareció afianzar indicios en las elecciones pasadas: la pérdida de 31 gubernaturas, quedándose solo en alianza con el PAN con la de Durango.

La coalición opositora no supo gestionar la presencia de la Coparmex y las declaraciones disparatadas del promotor coalicionista Claudio X. González tampoco pudieron penetrar en el electorado regional. En este sentido la alianza solamente parece tener influencia mediática en un sector de la intelectualidad liberal, pero no pudo convertirse en estructura electoral para movilizar el voto.

Las nueve elecciones de gobernador que ocurrirán en 2024 tampoco auguran indicios de consolidación aliancista: en Ciudad de México Morena se ha recuperado del tropiezo del 2021 por los errores en las gestiones de los alcaldes opositores, En Chiapas, Morelos, Puebla, Tabasco y Veracruz existen tendencias adelantadas de continuidad morenista.

El PAN aparece con posibilidades incipientes de hacer un buen papel en Estado de México, pero tendría que ir con la candidatura panista y el apoyo aliancista del PRI y el PRD. Pero si el PRI, por el dominio en la élite política de la entidad del Grupo Atlacomulco de Enrique Peña Nieto, insiste en pelear por la candidatura de un militante tricolor, la alianza se quebraría y tendría mayores posibilidades de ganar la fuerza presidencial de Morena.

De las candidaturas del 2024 el PAN sólo lo mantiene la de Guanajuato y de Yucatán, aunque la primera con dificultades para mantener el liderazgo por la terrible situación de inseguridad que ya ha causado disminución en tendencia de votos y solo habría posibilidades de mantener la gubernatura de Yucatán.

Con las derrotas del 2021 y 2022, la alianza opositora legislativa enfrentará una agenda de reformas que impulsará con decisión el presidente López Obrador, sobre todo la que ha marcado su prioridad de corto plazo: la reforma político-electoral. Y aunque los votos que cuentan son de legisladores, algunos analistas comienzan a ver un hecho que podría llevar a la falta de votación uniforme de toda la coalición como ocurrió frente a la reforma eléctrica: los legisladores federales dependen, en sentido político y de facilidades para sus labores, de los gobernadores de sus entidades y la reforma electoral va a tener 22 gobernadores de Morena que presionaran a sus bancadas federales para ya no votar en bloque.

El escenario legislativo para la reforma electoral es incierto, pero con mayores posibilidades para la propuesta de reforma lopezobradorista. Los pivotes actuales del INE –el consejero presidente Lorenzo Córdova Vianello y el consejero Ciro Murayama Rendón– terminan su período legal en abril del 2023 y otros dos consejeros también dejarán el Instituto, lo que dejará al Consejo electoral de once personas en siete, justamente el número de consejeros que tiene la propuesta presidencial. De ahí que solo bastará que el presidente López Obrador y Morena retrasen la presentación de candidatos o entorpezcan el proceso para que el INE llegue a las elecciones del 2024 con solo siete consejeros, con la circunstancia agravante adicional de que ninguno de esos que permanezcan tiene capacidad o calidad para seguir operando el INE como un aparato político de poder.

El saldo electoral del 2021 y 2022 fortaleció el escenario político de Morena y del presidente de la República, además de que en junio del 2021 comenzó a operarse en Palacio Nacional el proceso de sucesión presidencial que ha estado desde entonces bajo la batuta política del presidente López Obrador y que ha reducido la lista de viables a tres aspirantes que tienen el espacio político oficial para moverse y construir lealtades y apoyos, en tanto que la coalición opositora no ha podido perfilar a una terna de posibles candidatos, y ya existen indicios de conflictos en las relaciones entre los tres dirigentes partidistas de la oposición por empujar a figuras de su propio partido, pero sin pensar en construir candidaturas no partidistas.

En este contexto, la alianza opositora enfrenta más problemas que posibilidades, y tendrá que pasar por ajustes de cuentas en cada uno de los partidos aliancistas por los reclamos de sus bases ante el fracaso de elecciones de gobernadores: en el PRI crece una corriente para sustituir a su presidente Alejandro Moreno Cárdenas Alito, en el PRD Jesús Zambrano se ha quedado aislado en sus justificaciones poco convincentes y el liderazgo de Marko Cortés quedó debilitado por la pérdida de gubernaturas.

La alianza opositora se ha centrado en la disputa por la colocación de personalidades cercanas a sus dirigentes, sin que se haya desarrollado ninguna actividad para construir un programa coalicionista ni tampoco se haya explorado la posibilidad de candidaturas externas ciudadanas que pudieran impactar al electorado.

Los dos años que quedan para las elecciones presidenciales son demasiados para una coalición opositora que nació del impulso de un empresario activista y no de un acuerdo de líderes políticos.

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