¿Qué nos depara el final de la LXIV Legislatura?

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Tanto la actual LXIV Legislatura (2018-2021) como la LXV (2021-2024) son transicionales, toda vez que son las primeras donde sus integrantes pueden aspirar para reelegirse después de casi nueve décadas. Veremos cómo la institución se adapta y reforma para un cambio de incentivos para hacer una carrera política: la posibilidad de permanencia en un cargo.

En este proceso, hemos visto las limitaciones de normas pensadas para la rotación obligatoria, como tener un presidente de Mesa Directiva elegido por criterios políticos, en lugar de su confiabilidad para las funciones que ejerce. De hecho, los conflictos observados en la renovación de este cargo en 2019 y 2020 en la Cámara de Diputados obedecen a la incapacidad de los grupos parlamentarios por entender este problema. Esperemos que los diputados que lleguen a partir de septiembre se den cuenta de la relevancia de este cargo y acuerden proponer perfiles aceptables para todos los partidos al conformar este órgano.

Otro fenómeno que se observó fue el incremento en el trasfuguismo entre grupos parlamentarios, conocido como “chapulinismo” o “trapecismo”. Aunque ha existido siempre, vimos su abuso por razones políticas. Al inicio de la LXIV Legislatura, fue por el afán de Morena para consolidarse como grupo mayoritario y ocupar por tres años la Junta de Coordinación Política. En agosto de 2020, la táctica política volvió a campear: el interés del PT por apoderarse de la Mesa Directiva, usando las salidas de un grupo parlamentario que no tenía capacidad para asegurar la cohesión interna: el PES. En mi opinión, el trasfuguismo es problema de los partidos y su capacidad de liderazgo: regular en esta materia solo premiaría a los institutos políticos ante la capacidad del ciudadano para exigir cuentas a los legisladores en lo individual.

El último periodo de sesiones de la actual legislatura será uno de los cambios más dramáticos en el funcionamiento y operación de la Cámara de Diputados. Antes, el último año de sesiones era tiempo muerto después de la aprobación del presupuesto: la mayoría de los propietarios solicitaba licencia para competir a otro cargo, y los suplentes eran meramente adorno para rellenar el quórum. Mientras tanto, todos los recursos económicos, de personal y de prestaciones de los propietarios se orientaban a la campaña.

A falta de una norma reglamentaria, se resolvió que los legisladores podían competir desde sus asientos. Por más polémica que haya sido la decisión, me parece adecuada: se perdía mucho tiempo de la legislatura por razones electorales, y es más eficiente vigilar a un legislador desde su asiento que fuera de éste. En todo caso, las mejoras deberán orientarse en mecanismos de transparencia y rendición de cuentas en el manejo de los recursos provenientes de las cámaras.

Toda reforma en un arreglo institucional trae, por antonomasia, efectos esperados y otros inesperados, y ésta no será la excepción. Si los diputados no tienen por qué separarse de sus asientos, no solo tendremos una legislatura más activa: también se modificará la conducta de los legisladores, según sus suertes y expectativas en las elecciones. ¿A qué me refiero?

El pasado mes de diciembre, más de 440 diputados mostraron su intención por reelegirse. Las pre campañas iniciaron el 23 de ese mes y terminarán el 31 de enero. Eso significa que, entre el 1 de febrero y el 3 de abril, los partidos llevarán a cabo sus procesos internos para seleccionar a sus candidatos. Posiblemente vayan a aparecer en las urnas máximo 300 diputados, sea en boletas o listas de partido. La campaña arrancará el día 4 de abril. Por otra parte, las plataformas electorales deberán haberse presentado entre el 1 y el 30 de enero.

¿Cómo impactará esto en las sesiones? En primer lugar, habrá mayor actividad en la presentación de iniciativas, por dos razones. Primera, el ejecutivo tendrá la capacidad para posicionar y, en su caso, aprobar sus iniciativas importantes antes la elección. Segunda, todos los partidos usarán la tribuna para posicionar los temas centrales de sus plataformas, como extensión de la campaña, tengan o no éxito. Lo anterior podría tener un efecto lateral: se disparen también iniciativas poco realistas, pero de alto rédito mediático.

¿Qué esperar de la cohesión? Dependerá de la capacidad que tengan los partidos para acomodar las ambiciones de sus integrantes, hayan o no ganado la candidatura. En el caso de Morena, la cohesión dependerá de cuánto sea visto el presidente como factor de cohesión. En cambio, los partidos de oposición podrían ver numerosas salidas si no saben operar internamente – y las experiencias recientes no abren campo al optimismo.

¿Qué debates se abrirían para futuras reformas? Primero, repensar los periodos de sesiones: servían para el siglo XIX, pero no se explica por qué habría meses para trabajo en pleno y otros para trabajo en distritos. Podría haber un acomodo más eficiente si se piensa que la tarea de un órgano legislativo es permanente, dejando un receso para vacaciones de verano y otro para la competencia electoral. Segundo, la figura de los suplentes: ¿vale la pena conservarla si la idea de separarse del asiento para competir pierde vigencia?

@FernandoDworak