La UE suspende visados a rusos

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Para Volodímir Zelenski nunca son suficientes ni las acciones, ni el apoyo, de los europeos a favor de su pueblo. El presidente de Ucrania siempre está quejándose al respecto y aprieta y aprieta las tuercas de su discurso para presionar más a la Unión Europea (UE) demandando mayor dureza ante el dictador ruso, Vladimir Putin.

Como nunca antes en la historia de las sanciones han sido aplicadas medidas durísimas, una férrea cascada de sanciones por parte de Estados Unidos y de sus aliados contra Rusia en un amplio espectro de sectores; unas a gran escala y otras dirigidas a Putin, sus familiares, su novia, sus allegados, oligarcas, legisladores y ministros.

Queda  poco margen de actuación para aplicar más reprimendas y realmente ni las más duras –ya en vigor–  han menguado por un segundo la postura belicista de Putin, a tal punto que ya pasó medio año atacando a Ucrania.

Esta vez, Zelenski pide a la UE  una restricción para todos los visados concedidos a los rusos para hacer turismo o por cuestiones especiales como estudiar, trabajar, residencia por investigación o por razones humanitarias. Quiere que en general, ningún ruso, pueda entrar en los países que forman el cónclave comunitario.

La UE recién cumplió 65 años de existencia gracias al Tratado de Roma y de otros relevantes esfuerzos que han permitido construir un entramado de paz y de prosperidad. Y cada vez cuesta más trabajo ponerse de acuerdo porque cada país responde a sus propios valores internos, democráticos, culturales y políticos.

Ha sido el miedo a Putin –a que su ambición no frene en Ucrania– lo que ha terminado cohesionando los intereses de los Veintisiete en temas álgidos como el recorte del suministro del gas ruso; el apoyo militar a Kiev; la cascada de sanciones y el indirecto involucramiento de la UE en esta guerra.

Hay posiciones como la de Hungría, con su primer ministro Víktor Orban escorado hacia la ultraderecha, que  no esconde su posición euroescéptica y no en pocas ocasiones ha sido reacio a adoptar las decisiones de Bruselas. Orban ha mantenido su coqueteo con Putin antes de la invasión y después de la misma pero termina plegado a la UE, porque hay una crisis de desconfianza hacia el dictador ruso. Nadie se fía de él, ni de sus intenciones.

La discusión más reciente entre los ministros de Exteriores de los Veintisiete giró en torno a la petición de Zelenski de suspender todos los visados a los rusos.

Las posturas han estado muy divididas con países como Letonia, Polonia y Finlandia dispuestos a negar todos los visados  e impedir que los ciudadanos rusos entren a sus respectivos países; otros, han sido más considerados como el caso de Francia, España y Alemania a favor de conceder viajes abiertos para determinados casos.

 

A COLACIÓN

El propio Joseph Borrell, alto representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, anunció la suspensión de un acuerdo de visas de 2007 que facilita los requisitos de entrada para los rusos en territorio europeo.

No se llega a una prohibición total pero sí permite que las delegaciones de cada país hagan tan difícil como sea conveniente el criterio para expedir un visado para un ciudadano ruso.

Habrá que revisar con lupa cada caso, sobre todo considerando que un grupo de rusos tienen segundas residencias en diversos países de la UE, por ejemplo, en España.

Sin alentar una negociación para la paz, no sé cuánto tiempo más podrá mantenerse cierto consenso entre los líderes europeos, de cara a un otoño e invierno, golpeando más el bolsillo de una ciudadanía europea harta y cansada de rotar de una crisis para meterse en otra: de la larga crisis de las subprime en 2008 se demoró más de una década en salir y luego llegó la pandemia y ahora la invasión. El Estado de Bienestar en la UE está en coma.

En esa espiral de crisis sucesivas, los grupos políticos ubicados en los extremos van frotándose las manos electoralmente hablando. A la UE, le puede cambiar el panorama con las próximas elecciones generales del 25 de septiembre en  Italia; se trata de la tercera economía más importante del bloque.

La candidata del ultraderechista grupo Hermanos de Italia, Giorgia Meloni, euroescéptica y  nacionalista, mantiene un hilo conductor con  el ruso Aleksandr Duguin, gurú ultraconservador y con una ideología de ultraderecha que deriva en fascismo.

Los últimos sondeos la ubican en un empate técnico con Enrico Letta, del Partido Demócrata. Ninguno de los dos candidatos, de ganar, obtendrían mayoría absoluta por lo que sería necesario pactar: Meloni lo haría con todos los grupos de derecha y la presión política sería de tal intensidad que el futuro del apoyo a Ucrania está en riesgo. La UE lo sabe y está expectante ante lo que pueda suceder.

@claudialunapale