Sin pena ni gloria

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Hay muchas festividades que con el simple paso del tiempo dejan de ser importantes: los cumpleaños –de nacimiento o muerte­– de algún rey o emperador, la exaltación de una batalla exitosa, el recuerdo de triunfo de alguna competencia o concurso y por supuesto cientos de fechas cívicas que casi siempre los sistemas formativos de las naciones incluyen como parte de la educación desde la infancia como sería: la revolución francesa, la independencia norteamericana y en México, inicio y conclusión de independencia o revolución, formación de algunas instituciones –como el día de la fuerza aérea, el de la reforma agraria– y en nuestro caso, la fecha en que inició la vigencia de la norma superior que sustenta el funcionamiento de un país.

Luego de casi 7 años de desacuerdos internos, incluso bélicos, de homicidios, de explotación, de injusticias y muchas otras circunstancias que no debieran olvidarse, finalmente el 5 de febrero de 1917, un grupo selecto de mexicanos, promulgó la constitución que aún está vigente. A 103 años de distancia con lo que fue considerado como la primera constitución del mundo con sentido social, el viernes pasado sin demasiado entusiasmo, pretextando la necesidad de guardar la sana distancia, sin mucha posibilidad de reconocer a muchos de los asistentes presenciales –no solo por lo intrascendente de sus trayectorias sino por el cubre bocas– y viendo cómo se rinden pleitesía colocando la mano derecha en el corazón como hacen los norteamericanos cuando pronuncian su juramento de lealtad. ¿Qué apagó el entusiasmo de celebración de más de cien años de contar con institucionalidad en México? ¿Será que el cacareado discurso de “violaciones constantes” le han quitado vigor a nuestra carta Magna?

Esta primera constitución del siglo XX que incluyó derechos sociales en el mundo, resultó de una serie de procesos de maduración como país, luego del Acta Constitutiva de la Federación, la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos de 1824, las Siete Leyes Constitucionales de 1836, las Bases Orgánicas de la República Mexicana de 1843, el Acta Constitutiva y de Reformas de 1847 y la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos de 1857. ¿Tienen razón los legisladores y miembros del ejecutivo de hoy para proponer una nueva constitución? ¿Por qué en lo que han dado a conocer hay muy poco de nuestra historia y si loas a lo ocurrido en otros países que incluso alguna vez copiaron la esencia de nuestra ley suprema vigente? ¿Se trata de perpetuar en el poder a quienes hoy poco han hecho para beneficiar al pueblo?

La propiedad de la tierra, la división de poderes, la soberanía de los estados, la inclusión de todos, la regulación del trabajo con su respectiva libertad de asociación de los trabajadores, la educación laica –que no es lo mismo que atea- gratuita, la libertad de expresión, son solo algunos de los logros de una constitución que, a lo largo de estos 103 años, ha sufrido modificaciones, aunque siempre cuidando que lo fundamental permanezca.

A partir de su entrada en vigor, han sido distintas las reformas que se le han hecho para mantenerla vigente de acuerdo a los cambios sociales y económicos en México y el mundo ¿Qué significa que esta ley suprema es perfectible como declaró un senador chiapaneco? ¿Será una mejor constitución aquella que regrese al control unitario de un presidente todo poderoso? ¿Qué pasaría con México si ese todo poderoso, carece de madurez emocional y social? Una conducta infantil, por muy sana y arropada que se encuentre, casi nunca está exenta de ingenuidad. Esta emoción que en la mayoría de las veces produce nefastas consecuencias en el niño y quien le rodea[1] se va moderando con el desarrollo intelectual, académico y social; pero hay quien puede morir después de haber dado tumbos toda su vida, por exceso de ingenuidad ¿Cómo se califica la respuesta colectiva que hace aplaudirle a un famoso solo porque retrata bien en la telenovela o la nota roja, se identifica como víctima y es muy hábil para esconder sus defectos?

Salvo el caso de la secretaria de gobernación, ministra en retiro y el gobernador anfitrión de un espacio histórico en cuyas paredes externas hoy resaltan diversas marcas comerciales, la asistencia no fue de primer nivel como merece nuestra constitución de 1917. ¿Por qué no asistió el presidente de la corte y en su lugar envió a alguien que, en un momento anterior de su desempeño, se atrevió a decirles a unos ciudadanos quejosos “sí estoy cierta que tienen la razón, pero no voy a dictaminaren contra del jefe de gobierno”? Lo que se celebraba el pasado viernes 5 de febrero, no era el aniversario de una boda, ni los 15 años de una jovencita, sino la herencia de nuestra luchas e historia, ¡vamos! la democracia misma de nuestro México ¿será que los actuales organizadores, lo ignoran o lo desprecian? Difícil de entender, quizá simple exceso de ingenuidad, tal vez extremos de ignorancia a los cuales esta clase media tan violentada no quiere resignarse, pero definitivamente aun con el recuerdo del orgullo de portar la bandera en la banda escolar, seguiremos esperando que una fecha tan importante no se reduzca a un compromiso pseudo cívico sin pena ni gloria.

[1] Desde lanzarse de la azotea porque lo hace un superhéroe, pretender manejar el auto familiar o hasta cruzar la calle a los 3 años porque puedo hacerlo.