Prestidigitación gubernamental

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El presidente de México primordialmente busca gobernar a través de las conferencias mañaneras. Su escaso diseño de política pública, sus programas de gobierno, sus programas de infraestructura, la relación con los demás poderes, la posición de México en el contexto internacional, el manejo de la pandemia, la implantación de su proyecto, todo se difunde, pero parece que también se hace desde las mañaneras. Su escenario favorito es un púlpito presidencial montado en una escenografía permanente, una suerte de panel de prensa inamovible desde el cual se informa a la ciudadanía, no importa quiénes sean los reporteros que cubren esa fuente ni las preguntas que hagan, ni el nivel de periodismo crítico, lo que importa es el efecto.

A través de una teletransmisión vía streaming, en Youtube y por Twitter, el presidente hace política, pero difícilmente gobierna. Hace propaganda, pero no informa. Se confronta con todos, pero dice no pelear. Enjuicia personas al aire, pero dice no personalizar la justicia. Le garantiza el derecho a todas y todos a manifestarse, pero solo acepta preguntas cómodas. Difama, calumnia, cuestiona, crítica, pero él respeta a todas y todos, “él es diferente”. Ha hecho de la política un espectáculo, de su presidencia una mediatización constante; los temas del día y de la semana son impuestos, todo funciona, es la nueva era de la información, la que no necesita mediación de otras plataformas televisivas, radiofónicas o de la prensa escrita, es la comunión directa entre él y su público; también la gente se entera por lo que retoman los medios tradicionales, esos que alguna vez quitaron y pusieron presidentes, hoy sólo le siguen el rastro, retransmiten sus contenidos principales, pedacitos cuidadosamente editados, que muestran lo que se dijo en la mañana, se suben a su agenda, ya no la imponen. Es la era de la propaganda digital.

Todos los elementos están en la mesa, utilizando el principio de la simplificación, conjura una sola imagen para el establecimiento de un enemigo único, de un problema central; incluso concentra a todos los adversarios en una sola categoría, hábilmente identificable. Con gran destreza utiliza un enfoque de transposición, es decir, infringe al adversario sus propios errores o incluso sus defectos respondiendo un ataque con otro ataque. Si no se pueden ocultar o negar las malas noticias, se pueden inventar otras que quizá las distraigan. También exagera o desfigura contextos, convirtiendo cualquier anécdota, por pequeña que sea, en una amenaza grave o en un distractor más. Todo se realiza con un enfoque popular, adaptando y simplificando el nivel de comunicación para lograr la comprensibilidad de todos los individuos a los que va dirigida. Son pequeñas ideas, prejuicios, entendimientos primarios que se tienen pero que, a limitarse a un número reducido de ellos y al repetirlos incansablemente, presentados siempre una y otra vez desde diferentes perspectivas, siempre convergen sobre un mismo concepto.

Con la habilidad de un prestidigitador se hacen trucos de manos, se anuncian noticias relevantes, golpes mediáticos que después se desinflan, la información se mueve de un lado a otro, se acomoda, se amasa, se transforma. El prestidigitador natural busca la ilusión óptica, la distracción; potencia la creencia que el meollo está en un lugar pero la arena pública y los temas relevantes pueden estar en otro. Sólo así se entiende la idea de un avión que se esté vendiendo pero que no se vende, que se rifa pero que no se entrega, una justicia que se aplica con detenciones que luego no se procesan, de una pandemia que no cede pero que, se afirma, “ya vamos mejor”, de un registro para aplicar una vacuna que no se tiene, que pronto va a llegar pero que ya “está teniendo un efecto positivo en la percepción de la gente”. Este es un gobierno que se adelanta a los hechos, que pavimenta una ilusión mediática en donde sus críticos, opositores, pero también sus simpatizantes y militantes conversan, discuten, contraponen y pelean. Se ha construído una suerte de vórtice mediático, en donde todos estamos entrampados.

Se discuten las ideas, los planes a futuro, lo intangible; se gana en la iniciativa mediática, pero los resultados escasean. Si bien los gobiernos deben ganar la agenda, adelantarse a las críticas, controlar las narrativas, comunicar los logros, establecer un vínculo estrecho con la ciudadanía, reducir las zonas de incertidumbre que puedan ocasionar el caos o una crisis de legitimidad, también los gobiernos deben gobernar, tener resultados que informar, construir decisiones tangibles que puedan ser anunciadas. Informar lo que hace el gobierno puede ser tan poderoso como informar sólo lo que se propone hacer el gobierno. En México, se escucha más de lo segundo que de lo primero.

La discusión nacional y la agenda informativa de un gobierno que se ha trazado como objetivo constituirse como una transformación histórica debería pasar por el escrutinio público a partir de entender el avance en los rubros que se propuso transformar. Brindar cifras, construir indicadores y rendir cuentas sobre los diez principales temas que desde el inicio de la gestión se anunciaron, sería fundamental y sano en democracia: 1. Combate a la corrupción; 2. Crecimiento económico mayor o igual a 4% del PIB; 3. Combate a la impunidad; 4. Reducir la violencia y los asesinatos; 5. Desmilitarizar al país de las tareas policiales; 6. Fomento a la inversión pública en carreteras, puentes, hospitales, estancias escolares; 7. Fortalecer la cobertura médica universal; 8. Potenciar la presencia de México en el plano internacional, coadyuvar a solucionar los problemas de la región y del mundo; 9. Fomentar una política de educación primaria y secundaria e incentivar la participación científica de las y los científicos en el desarrollo nacional; 10. Transformar al país en un receptor de talento migrante.

La rendición de cuentas de un gobierno es un alto valor democrático al que se debería aspirar, la posibilidad de informar tiene como contrapartida el derecho a ser evaluado, aceptado, legitimado y por ende, a seguir siendo votado en el futuro. Una verdadera agenda mediática del gobierno, en clave democrática, debiera informar sobre los avances de su proyecto de gestión y no sólo sobre su proyecto político. En las mañaneras el gobierno no practica el arte de informar, sino el de prestidigitar.