Un cristiano verdadero y un presidente

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In memoriam. Alejandro G. P.

Abrirse a los demás, descubrir el alma, requiere valorar al otro. Uno no se arriesga. Hay personas que tienen tanto amor, que escuchan a los demás sin cansarse, sin juzgar. Los sacerdotes digieren lo peor de nosotros; algunos son de muy buen consejo y saben transmitir consuelo en nuestras vergüenzas y miserias. Pero, ¿cuántos los escuchamos a ellos?, ¿a quién ellos abren su corazón?

Alejandro, lleno de alegría templada, contagiaba la esperanza en la humanidad, en el amor, en Dios. Fue ejemplo de varón completo y excelente. Nunca expresó una crítica negativa en el año en que me brindó su amistad; ni una queja. Tuve la fortuna de que poco a poco abriera su corazón conmigo. Y yo, lo que uno hace con los verdaderos amigos, abrí el mío, también lentamente. Supimos que nuestra amistad sería de excelencia, y no útil o, quizá, buena, como expuso Aristóteles.

Durante estos meses de tantos dolores diferentes, de pandemia, de enfermedad, cotidianamente él estuvo presente para muchas personas, de diferentes maneras.

Escuchó con paciencia e interés textos inéditos míos sobre la feminidad o sobre algún tipo de feminismo, sobre el “pacto tradicional femenino” que, por utilizar estrategias, ha llevado a ciertas mujeres al sufrimiento pues su objetivo fue “atrapar un marido”, logrando con ello frustración e infelicidad en dos personas o más. Por supuesto, junto con varones interesados que son corresponsables.

El 15 de septiembre pasó por pozole gourmet light para él y sus hermanos. Estábamos tres personas en la mesa, con una cortina plástica transparente, de pared a pared y de techo a piso, entre nosotras: Mónica C. G. y Eduardo G. M. de un lado, yo del otro. A él, sabiendo que sólo estaría unos minutos, le hicimos una campana plástica. Brindamos con un mezcal por el bien de México.

Alejandro, serio, sabía cuidar su vocación. Guardaba su distancia cuando las personas se acercaban, sobre todo si no las conocía o las conocía poco. Para él, ser confesor no lo convertía en amigo personal; comentamos que muchos o muchas que se confiesan llegan a afirmar: “el padre es mi amigo”. Daba un gran valor a la amistad que, sabía, implica reciprocidad y respeto total al ritmo personal de la apertura y entrega. Eso sí, al igual que otros sacerdotes, como los amigos Miguel D. A. y su tocayo Q. S., siempre amaba con caritas-agapé, el amor que sólo Dios da para transmitirlo y compartirlo. Si alguien no lo recibe, no importa: Este amor ahí está, es esencia de la persona.

La Navidad 2020 él celebró la misa. Pudimos participar de forma virtual, pero real: el Espíritu no conoce ni fronteras ni límites ni muros. El 24 de diciembre, día sombrío en la Ciudad de México por tantos muertos, por ser invierno, día sin nadie en las calles, día gris y frío, me trajo pavo. Yo le obsequié la magnífica obra de Chesterton, El hombre que fue jueves, en traducción de Alfonso Reyes. Con doble cubrebocas, careta, una mano y en unos segundos, recibí el obsequio en la puerta; el mío, lo envié vía el ciberespacio. Nos dimos un abrazo, ventana de por medio.

Por la noche, iniciando el 25, fue la misa de Navidad, noche y misa en que el Espíritu sobrevoló sobre nosotros, en que la comunión se hizo patente por compartir una actitud común. Se percibió, nos hizo reflexionar, se sintió. Sí, es “locura para los paganos”. Comprensible. En otras palabras, millones de confinados hemos estado unidos mediante la oración, lo que para algunos significa que los creyentes somos primitivos; para ateos y agnósticos, esto es ininteligible.

En todas partes del mundo, católicos, ortodoxos, anglicanos e innumerables personas de otras confesiones, dirigen sus pensamientos al bien y al amor: agradecen, suplican, reflexionan, platican. Cualquiera que sea el nivel socioeconómico y cultural (entre los intelectuales que se convirtieron al catolicismo por agapé están Charles de Foucauld, Miguel de Unamuno, Paul Claudel, Ford Madox Ford, Gilbert K. Chesterton, Giovani Papini, Jacques Maritain, Edith Stein), son millones los que desean y buscan el bien, en este mundo en el que el mal se hace cada vez más notorio. Feminicidios, sumisión de mujeres en el poder a los varones con poder, machos en cierto grado que quieren demostrar su pseudo mando en asuntos nimios —que prefieren, por ejemplo, que alguien se enferme a aceptar un hecho, porque el admitirlo les hace sentir que pierden autoridad, lo que no soportan—, abusos de todo tipo, corrupción de funcionarios públicos, egoísmo hasta en las vacunas y logística para su aplicación, ambición desmedida de los laboratorios que las producen, información presidencial incompleta al afirmar que Estados Unidos “compartirá” con México dosis de la vacuna AstraZeneca (y no la de Moderna o la de Pfizer), sin decir que en ese país aún no ha sido autorizada y que está siendo analizada, por el momento, por su dudosa seguridad, incongruencia entre lo que se dice y se hace —como lo demuestran el presidente, López-Gatell y otros, quienes no respetan las medidas de seguridad frente al coronavirus—, discurso de un mandatario que se dice cristiano y que fomenta discordia entre el común de los mexicanos. Estaría equivocado si se auto aplica lo que dijo Jesús, quien afirmó que vino “a traer la división”; Jesús no se refirió a divisiones de tipo político, lo que sí hace el presidente al inocular odio en parte de la población, obteniendo con ello lo que quiere: reacciones agresivas. Connota se preparen levantamientos violentos. Anhelamos que no sea así.

Dice que su plan es acabar con la corrupción, para lo cual repite palabras de Pablo de Tarso a los romanos: “vence al mal, haciendo el bien”; pareciera que no lo hace, ya que nuestro presidente no fomenta ni el respeto a la otredad ni el diálogo por el bien de México. Menos mal que millones no están corrompidos, quienes desde sus trincheras combaten la podredumbre haciendo el bien. La máxima romana “divide y vencerás” se opone a lo dicho por Pablo a los corintios: evitar divisiones y fomentar la solidaridad entre la diversidad. El presidente de México, que se dice cristiano, quizá prefiere olvidar que el que divide es un demonio. Que una persona denuncie y combata la corrupción, es lo mínimo que se espera de una autoridad; pero esto se pone en duda cuando esa investidura fomenta la cizaña y la polarización, quizá por impericia para solucionar problemas y conflictos por la vía pacífica. Jesús dijo: “Bendigan a los que los persiguen”, lo que no hace el presidente, pues al declarar que el perdón no implica olvido, lo que sirve para no cometer los mismos errores o, en lo social, repetir atrocidades, pone en evidencia que él no recuerda en paz: al no “bien decir”, cualquiera creería que expone resentimientos, lo que probaría que tampoco ha perdonado (ni se ha perdonado). El “prohibido prohibir” va en contra de toda moral, por lo que la moral que pregona —que no es ni la cristiana ni ninguna—, por sus contradicciones y paradojas, corrompe más. Para evitar mayores enredos, la frase juarista “Nada con la fuerza: todo con el derecho y la razón”, ahora se le ha revertido, se le ha aplicado: la ley y el derecho, pese a sus fallas, le prohíben violentar las mismas leyes. Tal vez comienza a distinguir: se dirigió al Poder Judicial, le hicieron entender, y ya pensó en el Legislativo.

Regreso al auténtico cristiano. Nos habíamos propuesto tocar juntos, Alejandro al violín y yo al piano, la Meditación que Gounod hizo sobre el Preludio N. 1 en Do Mayor de Bach. Estudiábamos cada quien en su lugar. Antes de la pandemia, en ocasiones, en la casa pasionista o en el salón parroquial, ensayamos algún rato. Tenía poco tiempo para dedicarse al violín, lo gozaba profundamente. Amaba la música clásica.

Cuando no había instrumentistas ni coro, otro sacerdote celebraba la misa y él interpretaba en el órgano música litúrgica. Siempre estaba dispuesto a colaborar, ayudar, apoyar, conciliar, unir. Hacía tantas cosas, que un día le pregunté si no tenía quién lo ayudara. Me atreví a inquirir si hacía todo eso por humildad; quería saber el porqué teniendo tanto trabajo como párroco y médico de almas también realizaba cosas que otros podían hacer. No tomó a mal mis preguntas. Trataba de comprenderme. Yo trataba de comprender al sacerdote. Siempre me impresionó su entrega. Y se entregó hasta la muerte.

Difícil imaginar que no esté ya con Dios. Desde aquí, en donde estamos de paso, en donde tenemos la oportunidad de transformarnos de animales en humanos e, incluso, comenzar a gozar de lo divino por momentos fugaces, en donde podemos tener el privilegio de que alguien nos comparta esos niveles de espiritualidad, en donde podemos actuar con ternura y compasión en lugar de con agresiones y violencias, Alejandro a muchos nos hizo crecer.

Liberarse de pensamientos erróneos, de lo que nos lastima, de lo que creemos que es lo que somos y que nos lleva a juzgar a los demás, a responder de forma agresiva, a violentar, requiere comprender. Esto es necesario para luego crecer y llegar a ser lo que realmente somos: Personas capaces de amar y de demostrar ese amor con suavidad. Le comenté que estaba impresionada de la libertad que nos da la sabiduría de Dios, libertad que se ejerce con responsabilidad. Me ha sorprendido, cada día más, lo liberal que es la Iglesia, el cómo nos libera, el poder —conocimiento y sabiduría— que tiene para “atar y desatar” nudos mentales, cadenas sociales, grilletes de convivencia.

En noviembre, diciembre, enero, traté de disuadirlo de que no fuera a celebrar misa donde hubo Covid-19 porque se sentía mal de salud (por otras causas) y por el riesgo de contagiarse. Luego, tuvo que dejar de ir, pero ya había ido.

Alejandro sacerdote representa a los pasionistas en toda su expresión. Vivió y viven la Pasión de Cristo no sólo cada día: La viven cada hora porque, como Jesús, sufren nuestras “pasiones”, viven nuestros dolores, sienten nuestros sufrimientos, comprenden nuestras carencias y egoísmos y, con extrema suavidad, nos consuelan y ayudan a resolver para bien. Difícil de penetrar ese vivir la miseria humana con el amor y la alegría del Señor. Los pasionistas saben de esto. Mientras unos hacen el mal, mientras otros no lo toman en cuenta y no hacen nada para terminar con él, algunos, como las y los pasionistas, además de otros, lo combaten, pero con la diferencia de que dan la pelea, ellos sí, oponiendo al mal el bien, lo que genera y transmite consuelo y paz, incluso en zonas de conflicto social, provocando en cadena mayor bien.

Un día, saliendo de misa, en el atrio había una exposición pasionista: fotografías de cuando esta zona de Tacubaya era semirrural, de cuando el atrio de la iglesia era grande, de la construcción del templo, de los primeros pasionistas que llegaron, de los párrocos que ya no están, pero sí están. Ya me iba cuando varias fotografías sonrientes hicieron que me detuviera. En otros lugares y tiempos, he observado sacerdotes con semblante amargo o duro, porque la batalla es durísima. De pronto, estaba frente a rostros sonrientes: observé, y noté que no sonrieron sólo para la foto. Vi otras fotografías de los retratados y, aunque serios, se les aprecia una sonrisa pacífica y amorosa. Observé, fui de una a otra foto, aprehendí y sonreí con ellos. Los pasionistas, expertos, como otros, en enfrentar el mal, no tienen el rostro duro ni amargo, sino lleno de amor, compasión, ternura para con el dolor físico y el sufrimiento espiritual. Los pasionistas comprenden y saben ser felices porque nos ayudan a cargar nuestras cruces, porque nos entrenan para cargarla, porque logran que muchos puedan ayudar a otros a salir de sus penas.

Los pasionistas enseñan que el dolor puede vivirse con más que sólo paciencia y resignación, lo que no satisface, sino con amor, con caritas-agapé. Seguirá habiendo dolor, mas cambia la perspectiva sobre el cómo se vive, aun con súper analgésicos. Porque cuando se padecen dolores físicos terribles, no se puede pensar; apenas se puede orar, porque se está muriendo a mayor velocidad constante o porque se va muriendo por intermitencias.

Al sacerdote y amigo Alejandro le manifesté lo difícil que es concebir el sufrimiento como bienaventuranza. Hasta que “nos cae el veinte”: El sufrimiento desaparece porque se transforma en Pasión de Cristo. No es masoquismo. Se da el gozo cuando se enfrentan las causas de ese sufrimiento y se comprenden. Esto nada tiene que ver con la autoestima que, en muchos casos luego de “talleres” dizque para elevar la baja, sólo envalentonan a las personas. (De nuevo viene a mi mente el “prohibido prohibir”.) Por eso los mártires murieron felices: Amaron la Cruz porque es expresión del Amor.

Cuando se llega a esos niveles de caritas-agapé, entonces comienza el verdadero viaje, ya más en línea recta, hacia el final en esta vida terrestre. Ya no hay vuelta atrás. Ya no se quiere retroceder. Y es difícil querer acelerar el paso porque, no obstante que se sabe hacia dónde y hacia quién se va, se valora y agradece más el regalo de la vida, de esta vida efímera que puede ser plena.

En diciembre, enero y febrero platicamos mucho sobre la perseverancia final. En pocas palabas, se trata de tener presente a Dios en los últimos momentos de vida, en no olvidarlo ni rechazarlo en esos instantes, en entregarse a Él. Le dije que las personas enfermas, inconscientes, difícilmente pueden estar pendientes del momento final, pero que sedados, para algunos, Dios puede estar como si fuera una obsesión. Asimilé (más que mera comprensión teórica) que por eso van los sacerdotes a ver a los enfermos, que por eso hablan con ellos, los confiesan, los ungen, lo que da alivio a quienes, estando alejados de Dios, experimentan terror a la muerte y al más allá. Interioricé también otro sentido de la misericordia: Amor por la criatura humana que se decidió por Dios. De ahí un aspecto del pecado contra el Espíritu Santo: Al rechazarlo, se está rechazando a Jesús y a Dios, se está rechazando el bien total y absoluto; y al rechazarlo, el pecado se da porque se rompe el lazo con el amor; y al rechazar el amor, se descarta a Dios, quien es Amor.

A Alejandro, el hombre, el sacerdote, a menos de 24 horas de haberse ido el 10 de marzo 2021, son cientos de personas las que le desean descansar en paz, la mayoría seguras de que ya está con Dios. No sólo la comunidad parroquial lo amaba y respetaba. El amor de Dios, a través de él, abarcó a miles de creyentes, pecadores que vivimos luchando contra el mal, porque el mal destruye y el bien edifica.

Un día me dijo que estaba listo a ir a donde sea, para irse a donde fuera. Hablamos, hablé, de las montañas y los filos por donde anduvo Vicente Guerrero. Emprendió el viaje hacia a Dios.

Escucho el preludio que estudiamos: https://www.youtube.com/watch?v=dpF0lr_2Pro Pienso en él, hombre completo, amigo de excelencia, sacerdote como uno espera que sean los sacerdotes. Miro al cielo: Ya llegó.