María de Maeztu, una emblemática mujer

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Roberto Alifano

Según Schopenhauer la realidad deriva de las biografías individuales y, por lo tanto, los hechos de la historia son meras configuraciones del mundo aparencial. Esas biografías individuales, sin embargo, nos aproximan a las vidas de aquellas personas que han incidido sobre la cultura, el desarrollo y la integración de la humanidad. Otro pensador, el áspero Owald Spengler, sostenía, en cambio, que la historia es periódica y proponía una técnica de los paralelos históricos; es decir, una suerte de morfología del continuo devenir de las culturas. Aunque, quizá, más generoso y práctico en sus elucubraciones, fue el genial escritor y periodista Thomas De Quincey quien afirmaba que la historia es inagotable y posibilita permutar y combinar los hechos registrados, lo cual equivale a un número infinito de hechos superpuestos. Es decir que en algún aspecto creía, como Schopenhauer, que interpretar la historia no es menos arbitrario que imaginar figuras sugeridas por las nubes en una tarde tormentosa.

Esta introducción, con alguna abundancia de relaciones, se me ocurre al indagar sobre el perfil de la mujer que predominó en España a lo largo del siglo XX, muy a pesar de ciertas reformas políticas y sociales, que alentó el gobierno de la II República y de la lucha feminista instalada desde finales del siglo XIX hasta 1936. Aquella mujer fue educada en la rígida moral cristiana, dirigida por el patriarcado y en algún modo sometida a él. Aquella mujer, como la de este lado del Océano, sin duda resignada ante la del otro lado, vivió asfixiada por sus deberes como esposa y madre; limitada, además, por leyes paternalistas que, en muchos sentidos, la sometían. Esa mujer se levantó en pie de su liberación y sigue construyendo su presente y porvenir.

Recuerdo ahora que en una audiencia que dio Mussolini a Victoria Ocampo y ya he referido en otro texto, nuestra valiente escritora se atrevió a discrepar nada manos que con el arrogante Duce, cuando de manera terminante dictaminó que la mujer debía someterse al hombre. También como su amiga Victoria, que fuera un arquetipo de valentía y de lucha por la igualdad de la mujer en nuestra América, la española María de Maeztu, asilada en la Argentina y sumada al reino de los del silencio en la ciudad de Mar del Plata, en 1948, fue una de las mujeres más libres y formadas de su época. Acaso no nos equivocamos al afirmar que dedicó toda su vida a luchar por conseguir la emancipación y el protagonismo de la mujer a través de la educación: “La primera tarea a realizar es la de preparar a nuestras mujeres y claro está que confío como único y exclusivo medio en la educación, que le dará fuerza para descubrir nuevos mundos, no sospechados hasta ahora”, dictaminó convencida.

Nacida en el País Vasco, María de Maeztu y Whitney llegó a este mundo el 18 de julio de 1881. Era hija de Juana Whitney y del ingeniero Manuel de Maeztu y Rodríguez, un hacendado cubano de ascendencia navarra nacido en Cienfuegos. Sus padres se conocieron en París y se dice que su madre, hija de un diplomático inglés educada en Francia, fue para María el mayor ejemplo de mujer fuerte e independiente. Al enviudar, doña Juana se instaló con sus cinco hijos en Bilbao y abrió una Academia anglo-francesa para señoritas, a las que enseñaba cultura general e idiomas. Aquí fue donde María tuvo su primer contacto con el mundo de la docencia y la pedagogía. En 1902 obtuvo el título de maestra, trabajó en una escuela pública de un barrio obrero de Bilbao y allí llevó a la práctica los principios de la Institución Libre de Enseñanza (una rama de la filosofía krausista), la cual defendía la coeducación y apostaba por una enseñanza activa, laica, apolítica, sin exámenes ni castigos; es decir, que educar a la futura ciudadanía era más importante que enseñar. Este principio estuvo vigente en España entre 1876-1936; fue un proyecto -si se quiere- muy vanguardista, pero recordemos que muchos de estos preceptos fueron reivindicados incluso por los estudiantes franceses de Mayo de 1968.

Convengamos, sin embargo, que las políticas educativas de esa época eran completamente deficientes para la mujer española, pues la tasa de analfabetismo femenino superaba el 70 por ciento, y acaso en medios rurales era incluso superior. Inculcada por su madre, también una pionera, esto fue algo contra lo que María quería luchar decididamente; un texto suyo de esa época, señala con valentía: “La mujer debe tener las mismas opciones culturales que su compañero. De ir al matrimonio con igualdad de derechos y deberes. Es preciso que se abran a la mujer horizontes para vencer, en iguales condiciones que el hombre, en la lucha por la vida, sin que tenga que depender de él.”

Debido a que la mujer no podía matricularse libremente en la universidad sin un consentimiento previo de las autoridades, su formación como alumna oficial no pudo ser reconocida hasta 1910, cuando fue profesor y decano de Filosofía y Letras de la Universidad de Salamanca, el grande don Miguel de Unamuno, amigo personal de la familia Maeztu, que ejerció una gran influencia sobre ella.

Luego de su paso por Salamanca, María empezó a interesarse por la carrera de Derecho, pero esa no era una profesión para mujeres, así que el Colegio de Abogados de Bilbao acordó cerrarle las puertas en el caso de que obtuviese el título ¡Qué injusticia! Finalmente, decidió trasladarse a Madrid y matricularse en la primera promoción de la Escuela Superior de Magisterio, en la que impartía clases don José Ortega y Gasset. Allí María se recibió como la primera de su promoción entre las alumnas de la “Sección de Letras”. Gracias a la Junta para Ampliación de Estudios, con la cual entra en contacto gracias a su amistad con Ortega, pudo viajar pensionada al extranjero, donde conoció de primera mano los métodos pedagógicos europeos, los cuales trataría de implantar en España y romper con un sistema educativo heredado del conservador siglo XIX.

En 1915 tiene lugar la apertura de la Residencia de Señoritas (la versión femenina de la Residencia de Estudiantes), donde María de Maeztu es elegida Directora por su gran valía profesional. Desde allí impulsó el modelo de los Women Colleges norteamericanos, más liberales que los College ingleses, muy ligados a la Asociación Nacional de Mujeres. El sitio era, además, un albergue para las estudiantes españolas y extranjeras. El espacio completaba, entre otras referencias de estudio, la formación universitaria a través de tertulias, lecturas, conferencias, exposiciones, conciertos, etc. También fue lugar de referencia para el movimiento feminista internacional. La Residencia daba facilidades a aquellas mujeres (en aquel momento eran una minoría) que querían ejercer su derecho a acceder a estudios superiores, lo que les daría una mayor libertad frente al hombre, ya que podrían conseguir trabajos cualificados y, por lo tanto, no depender económicamente de sus maridos.

María fue durante casi 30 años la representante oficial de España en “Congresos Pedagógicos internacionales”, en los que difundía sus ideas feministas, defendiendo la educación como el eje rector de la lucha contra la marginación social de la mujer, que había comenzado a conquistar espacios de la vida pública, y empezaba a trabajar fuera de casa y concurría a la universidad; aunque las leyes, por el contrario, seguían siendo discriminatorias con el sexo femenino. No obstante, María alcanzó niveles profesionales impensados en aquel momento para una mujer, como, por ejemplo, el “Doctorado Honoris Causa”, que en 1919 le concedió el Smith College.

En 1926 ocupó el cargo de Directora del Lyceum Club Femenino, fundado sin ayuda oficial, por ella y un grupo de mujeres pertenecientes a la élite cultural, pioneras en la defensa de los derechos de la mujer, entre las que se encontraba la primera abogada española Victoria Kent, la escritora y diplomática Isabel Oyarzabal, la lingüista Zenobia Camprubí Aymar (esposa del poeta Juan Ramón Jiménez), y la escritora María Lejárraga. Era un club que seguía el reglamento del primer Lyceum inaugurado en Londres en 1904 por la escritora Constance Smedley, cuyo objetivo principal era defender los intereses morales y materiales de las mujeres. El lugar pretendía ser aconfesional y apolítico, los requisitos para ingresar en el club eran, por supuesto, ser mujer, tener trabajos literarios, artísticos o científicos o, si no, poseer algún título universitario o en su defecto participar en obras sociales.

Gracias a los cursillos que impartieron las abogadas Victoria Kent, Matilde Huici y Clara Campoamor, se consiguió que el gobierno escuchara alguna de sus peticiones, como, por ejemplo, cambiar el artículo 57 del Código Civil Español, que rezaba concretamente: “El marido debe proteger a la mujer y ésta obedecer al marido”, para sustituirlo por “El marido y la mujer se deben protección y consideraciones mutuas”. Agreguemos que uno de los enemigos más obstinados del Lyceum fue la Iglesia, que en un artículo publicado en la revista religiosa Iris de Paz, un clérigo bajo el seudónimo de Lorent, afirmaba que: “La sociedad haría muy bien recluyéndolas como locas o criminales, en lugar de permitirles clamar en un club contra las leyes humanas y divinas. El ambiente moral de la calle y de la familia ganaría mucho con la hospitalización o el confinamiento de esas féminas excéntricas y desequilibradas”.

En 1926 invitada por el Instituto de Cultura Hispánica llegó a Buenos Aires María de Maeztu para ofrecer una serie de conferencias. En esa oportunidad se conocieron con Victoria Ocampo, la fundadora y directora de la famosa revista Sur. María, como Victoria, se diferenciaba claramente de las mujeres de su época. Ambas, habían tenido en su infancia una situación social privilegiada y, aunque luego de la muerte de su padre la familia de María había sufrido limitaciones económicas, pudo recibirse de maestra y posteriormente doctorarse, como ya señalamos, en la Universidad de Salamanca. Ambas, con propósitos comunes, se entendieron de maravilla. “Fue Ortega y Gasset, el primero en hablarme de María de Maeztu”, recordaba Victoria Ocampo. “Es, como tú, me había anticipado don José, una defensora del derecho de las mujeres a la educación y, también como tú, se declara feminista”.

Esa amistad se iría consolidando hasta volverse entrañable. Victoria, le dedica varias páginas de sus memorias. “Tuve la oportunidad de mantener largas charlas con María sobre los derechos relegados de las mujeres, en especial, sobre el derecho a la educación”. Esas conversaciones le dieron a Victoria la posibilidad de definir con mayor claridad su posición sobre el tema y la comprometieron con los principios de la lucha por los derechos de las mujeres.

En diciembre de 1934, en Madrid, en la casa de María de Maeztu, Victoria Ocampo conoce a la poeta y educadora Gabriela Mistral que, en ese momento, representaba a Chile como cónsul en España. “Recuerdo que en esa oportunidad, María nos dijo: Soy feminista, y me avergonzaría de no serlo, porque creo que toda mujer que piensa debe sentir el deseo de colaborar, como persona, en la obra total de la cultura humana. Y esto es lo que para mí significa, en primer término, el feminismo; es, por un lado, el derecho que la mujer tiene a la demanda de trabajo cultural, y, por otro, el deber en que la sociedad se halla de otorgárselo (…) Negarlo sería inmoral, sería tratarla como a cosa, como a ser extrahumano, indigno de trabajar…

En 1939 el gobierno de la dictadura franquista eliminó el Lyceum y lo convirtió en su némesis; es decir, el Club Medina perteneciente a la Sección Femenina de la Falange. La represión de la mujer fue total, se destruyó en tiempo record los avances que con tanto esfuerzo habían conseguido María de Maeztu y sus compañeras, se recluyó a la mujer de nuevo en el hogar, donde quedó silenciada y aislada, volvía a ser un simple apéndice del marido, al que debía respetar y obedecer desde su posición de mujer sumisa. Demás está decir que La Sección Femenina del Club se encargaba de inculcar valores como la entrega, la abnegación, la sumisión, todo ello sumado a una labor de reeducación cristiana, la mujer feminista-laica debía ser reemplazada por la mujer femenina-católica, sumisa y obediente. Debían trabajar en una nueva identidad de género para las futuras generaciones, y lo consiguieron; sin embargo, hoy en día todavía arrastramos estigmas de la educación diferenciada por sexos.

Con el estallido de la Guerra Civil y el duro golpe del fusilamiento de su hermano Ramiro, María emigró a Buenos Aires, donde obtuvo la cátedra universitaria de “Historia de la Educación”. España se convirtió en un país peligroso para ella, sus ideas feministas y su trayectoria profesional eran diametralmente opuestas al ideario nacional-católico del Nuevo Régimen. Regresó a España en 1947 por la muerte de su hermano, el pintor Gustavo de Maeztu, pero volvió a Buenos Aires para instalarse en la ciudad de Mar del Plata, donde vivió hasta su último suspiro.

Amigas entrañables y compañeras de lucha, María de Maeztu y Victoria Ocampo, como también Gabriela Mistral, fueron pioneras y enjundiosas activistas de la historia de la educación y la lucha feminista de España y la Argentina, y ya toda Hispanoamérica, aunque esa labor forme parte de una lamentable historia olvidada.