El sacrilegio de Echeverría; LEA, inspiración de Obrador

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– Tocayo –me dice mi colega y amigo Pepe Reveles– ¿es posible hablar con Echeverría?

– Déjame intentarlo, le dije mientras le ofrecí un trago de un ron que me trajeron de Cuba. Se despojó del saco que puso en un perchero y se aflojó el nudo de la corbata para dar un tremendo lingotazo a su cubalibre. Hacía un tremendo calor, se percibía el olor a la fragancia de la jacaranda que ofrecía su sombra junto a la ventana.

José Reveles llegó a la casona a donde vivía y en la que mantuve mi oficina por casi veinte años. Eran habituales las visitas de Reveles, incluso sabía de las largas jornadas de trabajo mientras yo escribía una serie de libros sobre conspicuos personajes de la vida pública. Reveles supo de mis charlas con el expresidente porque yo trabajaba en un libro sobre el periodista Julio Scherer.

Marqué al teléfono celular del expresidente como lo hacía habitualmente en ese tiempo cuando agendábamos algún encuentro para tratar el tema de Scherer. El día anterior (martes 2 de julio de 2002) Luis Echeverría Álvarez había comparecido ante la Fiscalía especial para Movimientos Políticos y Sociales del Pasado para responder a las acusaciones por genocidio, homicidios, lesiones y desapariciones forzadas con motivo del movimiento estudiantil de 1968 y por la matanza de estudiantes del 10 de junio de 1971.

Echeverría respondió a mi llamado. Su tono de voz era inconfundible, como lo sigue siendo todavía a pesar de los años, según lo pude constatar en una entrevista que concedió a la televisión china el año pasado.

Después de intercambiar un saludo lo puse al tanto de la petición de José Reveles.

Echeverría había puesto oídos sordos a un enjambre de periodistas que lo asediaban a su salida de la Fiscalía. Ahora atendía a Reveles quien tomaba apuntes de su conversación telefónica con el expresidente. Al día siguiente se publicó una nota en la primera plana del periódico donde Reveles trabajaba.

En esos años visité en varias ocasiones al expresidente en su residencia de San Jerónimo. Él mismo fue quien intervino para que yo accediera al expresidente José López Portillo, se lo agradecí. Disfruté mucho mis conversaciones con el licenciado López Portillo. Hombre culto y de una memoria prodigiosa. Scherer y Portillo eran parientes. Mi relación con JLP fue breve porque ya se encontraba muy enfermo y en el abandono. Su hermana Margarita lo acogió en su casa de Las Lomas y lo cuidó hasta el final de su existencia en febrero de 2004. Durante años el ingeniero Carlos Slim y su socio Juan Antonio Pérez Simón le dieron al expresidente una ayuda mensual de 50 mil pesos hasta el final de su vida. Portillo acabó pobre y enfermo. Carmen Romano y Sasha Montenegro le vaciaron los bolsillos.

Tiempo después perdí el trato con Echeverría pues por razones profesionales me dediqué a otros temas periodísticos. Scherer falleció en 2015. Echeverría me confió que Scherer lo visitó en su casa en 2001. Comieron y charlaron de viejos tiempos. Echeverría, según me dijo, él era un incipiente burócrata y Scherer un aprendiz de periodista. Pero ese es otro tema del que después escribiré.

El viernes el tema de Echeverría llegó a las redes sociales luego de su visita a Ciudad Universitaria a donde acudió para recibir la segunda dosis de la vacuna anti-Covid.

Esa visita fue como una especie de profanación.

Aunque Echeverría estudió en la Universidad Nacional Autónoma de México fue ajeno a Ciudad Universitaria. Él realizó sus estudios en la Escuela Nacional de Jurisprudencia en el antiguo barrio universitario del Centro Histórico. Se graduó en 1945, mucho antes de que se construyera el campus de la UNAM.

La vez que visitó Ciudad Universitaria lo hizo para confrontar a los estudiantes en un franco desafío. Apenas habían transcurrido siete años de la masacre de estudiantes en Tlatelolco, pero el rector Guillermo Soberón quien estaba muy interesado en combinar la academia con una carrera política, se puso al servicio del presidente. El pretexto de la visita presidencial fue renombrar al auditorio de la Facultad de Medicina con el nombre de “Salvador Allende”. Echeverría llegó acompañado de Ramón Sosamontes, quien ese entonces era miembro de las juventudes del Partido Comunista Mexicano, así como José Murat, Graco Ramírez y Jorge Carrillo Olea quien en ese entonces se desempeñaba como jefe de la Sección Segunda del Estado Mayor Presidencial y encargado de la seguridad del presidente en ese evento.

Los jóvenes estudiantes estaban indignados por la visita del presidente Echeverría. Protestaban con gritos desaforados y repartían volantes.

Joel Ortega Juárez quien en ese entonces era un joven estudiante de economía quien terminó seducido por el periodismo, cuenta lo que ocurrió esa ocasión:

“Eso era un pandemónium de gritos. Bajé a la tribuna. Echeverría nos estaba acusando de ser ‘jóvenes del coro fácil’ manipulados por la Agencia Central de Inteligencia y que hablaban como los jóvenes de Hitler y Mussolini. Ya abajo me subí a la silla preparada para Echeverría, asalté la tribuna y tomé el micrófono. Lo que dije fue sencillo: estamos contra este gobierno represor. Y cuando aclaré que estábamos contra los ‘charros’ [líderes sindicales vendidos], Echeverría me interrumpió: ‘soy el primero en aplaudirlo’: era un tipo rápido. Lo sacaron y en el estacionamiento le dieron la famosa pedrada. Al agresor lo torturaron, le hicieron la vida imposible y huyó a Argentina. Yo quedé tumbado junto a unas macetas, entre putazos por todos lados. Al día siguiente, en la primera plana de Excélsior el periodista Gastón García Cantú me acusó de intentar linchar al presidente, y [el historiador] Enrique Semo me ayudó escondiéndome en su casa fuera del DF”. 

En junio de 2003 me reuní con Joel Ortega y Eduardo Ibarra. Cenamos en la Hacienda de Tlalpan. El tema de la reunión era el financiamiento de Manuel Camacho Solís a Elba Esther Gordillo. En abril de ese año publiqué el libro de La Maestra y Jorge Castañeda por instrucciones de Gordillo buscaba obtener los documentos que yo citaba. Castañeda acaba de renunciar a su cargo de canciller y estaba al servicio de la lideresa del magisterio. Joel no insistió, entendió que yo no estaba dispuesto a facilitarle mi información a Castañeda ni a La Maestra. Así que el tema de la cena derivó en la visita de Echeverría a la Universidad. Y disfrutamos de unos buenos tragos de coñac.

La pregunta es ¿Dónde estaba Andrés Manuel López Obrador cuando la visita de Echeverría?

Como estudiante Obrador siempre estuvo ausente de las movilizaciones estudiantiles y se afilió al PRI cuando Echeverría asumió el poder. Jamás le interesaron los muertos del 68 ni el halconazo de 1971. El tabasqueño emprendía su carrera política en el PRI partido al que renunció tras casi dos décadas de militancia.

Obrador fue achichincle de Ignacio Ovalle Fernández, colaborador de Echeverría.

En realidad, el mentor político de Obrador es Ovalle Fernández, un experto en la manipulación de las masas.

Ovalle fue jefe de la oficina de vendedores ambulantes de la Secretaría de Gobernación cuando Echeverría era el titular de esa dependencia federal. Después Ovalle pasó a ser secretario particular de Echeverría en la Segob, en la campaña presidencial y en la Presidencia de la República.

Con López Portillo, Ovalle Fernández se encargó de manejar un presupuesto inconmensurable para controlar a los grupos indígenas y campesinos del país a través del Instituto Nacional Indigenista y el Coplamar (Plan Nacional de Zonas Deprimidas y Grupos Marginados).

Con Ovalle, Obrador descubrió que los pobres eran una auténtica mina de oro para quien tuviera ambiciones políticas.

Como Echeverría que tenía sueños de grandeza y quien se proclamó como el “líder” del Tercer Mundo, Obrador sigue sus pasos.

A Echeverría la justicia lo absolvió y con verdadero cinismo tuvo los tanates para acudir a vacunarse a CU, no le importa que la historia no lo absuelva de su responsabilidad histórica.

A sus 84 años, el 30 de junio de 2006 un juez federal ordenó el arresto de Echeverría por la matanza de 1968 y le fue decretada prisión domiciliaria debido a su estado de salud y su edad. Fue absuelto el 8 de julio de 2006, debido a la prescripción del delito en noviembre de 2005.

El 30 de noviembre de 2006 el magistrado Ricardo Paredes Calderón, del Segundo Tribunal Unitario de Primer Circuito de Procesos Penales Federales le decretó auto de formal prisión por el delito de genocidio por las matanzas de estudiantes en 1968 y 1971, pero el 20 de marzo de 2007 un tribunal federal le concedió la suspensión definitiva del auto. ​ El 26 de marzo de 2009 un tribunal federal decretó la libertad absoluta del expresidente, así como su exoneración del cargo de genocidio por los hechos referidos. ​

Quién sabe qué fin vaya a tener el presidente Obrador cuando concluya su mandato. Tiene una enorme responsabilidad en la muerte de cientos de miles de muertos por la pandemia derivado de la pésima estrategia sanitaria y por las masacres del narco ante la inacción de su gobierno y la pasividad y complicidad con la familia del Chapo Guzmán, del cártel de Sinaloa.

Lo único cierto es que Joel Ortega Juárez –el joven de izquierda que cuestionó a Echeverría al salir en defensa de la dignidad universitaria–, fue despedido del periódico Milenio por criticar al presidente Obrador.

En septiembre pasado Ortega Juárez hizo público su despido:

“Me acaban de avisar que salgo de Milenio, tras casi 20 años. Es una decisión del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, no hay que darle vueltas. No me van a callar. No soy de la izquierda chillona. Seguiré peleando donde sea posible por mis sueños libertarios. No nací ayer”.

Ortega –un hombre de izquierda toda su vida– se suma a la larga lista de periodistas críticos al gobierno de la cuarta transformación que han sido objeto de la censura por órdenes de Obrador.

Obrador como Echeverría asumieron a la prensa como sus enemigos.