Primera carta desde 2018

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El análisis político está expuesto al error, pues no existen bolas de cristal para ver el futuro. Más bien lo que se tiene es información, siempre incompleta, junto con metodologías para procesarla y el conocimiento del analista para revisar e intuir qué podría suceder. Añadamos a esto las diversas contingencias que se presentan, las cuales pueden incluso modificar de golpe los resultados previstos. Nadie sabe qué pasará en el futuro, pero se pueden anticipar escenarios, sabiendo que estarán sujetos a revisión continua.

Un ejercicio indispensable para calibrar las metodologías y revisar dónde están los errores es siempre revisar los análisis que se han realizado a lo largo de los años. De esa forma, se pueden distinguir los aciertos y los errores realizados. Al respecto, hace tres años publiqué en este espacio dos textos titulados Cartas a un ciudadano de 2021, donde se habló sobre nuestra frágil democracia, ofreciéndose unos escenarios a futuro.

Transcribiré la primera carta, pues no solo considero que mantiene su vigencia, sino que me preocupa ver que estamos cometiendo los mismos errores de hace tres años:

“Estamos a un mes de las elecciones y pareciera que la víscera dominará sobre la cabeza. Cuando eso ocurre los resultados nunca son buenos, ya que el individuo abdica a su juicio para convertirse en un creyente. Por ello viene a bien recapitular de qué trata una democracia, qué es ser un ciudadano y los principios a defender, pensando en la posibilidad que votemos por un caudillo.

“No existen las verdades en temas públicos: más allá de saber que un Estado debería garantizar la vida y dar condiciones para el bienestar de su población, se observan cada vez más diferencias en los “cómo” al entrar en detalles. Las sociedades plurales son diversas y muchas veces las decisiones consisten en asignar bienes limitados. Lo más antinatural que hemos creado es un proceso donde se definan ganadores y perdedores sin tener que matarnos, pensando en compensaciones y mecanismos mientras cambian los equilibrios de poder: la democracia.

“Al contrario, suponer que existe una verdad revelada ha conducido siempre a la exclusión de quienes piensan distinto, a los esfuerzos por reeducar y en no pocas veces al exterminio de los disidentes. Para preservar este sistema hemos también inventado principios como la tolerancia y el libre intercambio de ideas, siendo responsabilidad de las instituciones garantizar libertades.

“No existen políticos ‘buenos’: uno de los errores más comunes es suponer que los políticos deberían tener una moralidad superior al resto. Dejar toda decisión a una persona ha llevado siempre a concentración de poder y al abuso del mismo. ¿Hay personas buenas? Quizás de vez en cuando surge una, pero no es buena idea creer que habrá muchas. El realismo político nos hace ver que todos somos potencialmente corrompibles y que la mejor manera de combatir los defectos de la naturaleza humana es con los propios defectos de la naturaleza humana al dividir poderes, diseñar contrapesos y mecanismos de rendición de cuentas. ¿Puede haber ‘hombres de Estado’? Quizás, pero son quienes hacen apuestas cuyos efectos sólo se pueden apreciar a largo plazo. Quien diga que es uno es tan farsante como la persona que en vida se declara un santo, para ponerlo en una dimensión religiosa.

“Los derechos y libertades no son algo dado o permanente: una democracia garantiza derechos y libertades no como una concesión, sino porque son indispensables para su mantenimiento y supervivencia. Hablamos de derechos políticos y económicos como libertad de expresión, al trabajo, al libre tránsito a votar y ser votado entre muchos otros. Lejos de ser una concesión del poder, son producto de luchas sangrientas durante los últimos 300 años. También son sujeto de revisión y ampliación. Sin embargo, no son algo definitivo: podemos perderlos si no los ejercemos. Los momentos de crisis facilitan el surgimiento o de tentaciones autoritarias y puede haber retrocesos. Estamos condenados a actuar como ciudadanos si deseamos conservar una democracia.

“Ante todo, la duda: la condición de ciudadano se ejerce a través de la duda y el cuestionamiento, comenzando con las propias creencias. Se debe conocer todas las posiciones y a través de la discusión llegar al propio juicio. Al momento que se deja de cuestionar se comienza a creer, y es cuando un gobernante comienza a abusar.

“Pensar estratégicamente: aquí no existe la bondad de los políticos, sino el conocimiento de los actores, de las reglas y de los procesos de toma de decisiones. La participación en la política requiere de conocimiento y cabeza fría para saber cómo influir. ¿Difícil? Resulta más costoso ignorar esto y atenerse a las consecuencias de una mala decisión.”

Me preocupa ver que seguimos creyendo que las posturas políticas son absolutos, todavía más ante el colapso del sistema previo a 2018: si no entendemos que hay que corregir errores, lo que se ha construido sucumbirá ante el populismo.

La creencia en la existencia de políticos “buenos” ha sucumbido ante otra consigna: votemos por la oposición porque pobrecitos, pero al menos creen en la democracia. Cierto, son tan humanos como nosotros y tampoco creo en estadistas. Pero, ¿es mucho pedir que al menos reconozcan lo que sucedió en las pasadas elecciones? La autocrítica es un elemento básico de honestidad.

Se sigue creyendo que basta con defender derechos con tuits “pegadores”, en lugar de representar valores democráticos. Tenemos un par de dogmas contrapuestos, que excluyen la duda, y gracias a ello, todos están pensando en soluciones mágicas, como que el tal contrapeso por el que se votaría es un fin en sí mismo, en lugar de un medio para algo.

La próxima semana hablaré de la segunda carta de 2018.

@FernandoDworak