El túnel de Hitler es nuestro túnel

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Fernando Muñoz

La semana pasada se presentó un libro breve, pero asombroso. Un conjunto de postales – dice su autor – que componen un cuadro o el pespunteado de una novela peligrosa. Me refiero a “El Túnel de Hitler” (Unidad Editorial) de Jorge Casesmeiro. La idea es sencilla, su ejecución es no sólo difícil, sino peligrosa.

En la presentación del libro preguntaba Agapito Maestre si alguien tendría el valor de escribir una novela biográfica sobre Franco, no reducida a estridentes trazos, homogéneamente negros. Es que la novela de Jorge Casesmeiro se limita al año que vivió Adolf Hitler en Múnich, entre mayo de 1913 y el verano de 1914. Entre su salida de Viena y el estallido de la primera guerra mundial. Con seguridad el año más sosegado de su vida, pese a las dificultades económicas que afrontó ese joven pintor, especializado en arquitecturas.

En ese año debió leer – es casi seguro que leyó – una novela de enorme éxito, que sería cuatro veces llevada al cine, y cuyo contenido no pudo dejar de conmover al joven pintor, todavía austríaco: Adolf Hitler. Se trata de la novela “El Túnel”, obra de Bernhard Kellermann, de cuyo impacto en el joven lector da fe Albert Speer muchos años después, en su Diario de Spandau. La novela de Kellermann se desarrolla en torno a la ejecución de una obra titánica: un túnel que atravesaría el Atlántico. La exaltación de los ejércitos de trabajadores horadando la tierra, la figura carismática del ingeniero formidable y distante, la dimensión imperial del proyecto… Speer recordaría el entusiasmo que había producido en aquel joven lector marginal y desarraigado. La novela presenta a un Hitler inocente y aunque esas dos palabras juntas (Hitler-inocente) producen un oscuro deslumbramiento, en 1914 Hitler todavía no había llegado ser quien era. Esta novela no incurre en el cómodo recurso que consiste en hacer de un sujeto la causa primera y la sustancia absoluta del mal.

Su costado peligroso – según mi interpretación, que no ha de ser la del autor – no se deriva de esta contemplación de un sujeto anónimo y todavía inocente, uno entre la muchedumbre que celebra la guerra en la Plaza del Odeón en los últimos días de julio de 1914. Su costado peligroso deriva de la contraparte de ese Hitler inocente, contraparte que nos declara a todos culpables. Culpables porque todos quedamos fascinados por el túnel ciclópeo y colosal, por la apoteosis del hombre o por la consagración de la Ciencia y la Técnica. ¿Cuánto sigue vivo, en las sociedades contemporáneas, de la imagen del mundo que orientó al nazismo? Muchos aceptarán que hay elementos comunes entre comunismo, nazismo y fascismo y ponen en continuidad a Hitler con Stalin. Pero la pregunta que no nos hacemos es: ¿Cuánto sigue vivo en las democracias occidentales de la imagen del mundo que orientó al nazismo? ¿Qué hay de verdad en esa palabra inventada por Roy Campbell: fascidemobolchevismo?

Me atrevería a sostener que no son irrelevantes – sino profundamente significativos – los elementos comunes. El más inequívoco signo de esa afinidad, que nos empeñamos en desconocer, se encuentra en la oposición profunda y el rechazo elemental que el nazismo comparte con la corriente fundamental del pensamiento moderno: el rechazo al cristianismo.

“Eliminar la influencia del íncubo romano, piensa el joven, pero conservando la embriagadora solemnidad de sus fiestas y de sus ritos. Ahí está la clave. Desechar los contenidos, retener los métodos y virar la dirección de rebaño”

Jorge Casesmeiro repara en una acuarela salida de la mano del pintor de arquitecturas. Impensable y asombrosa: una maternidad. Allí está el nervio vital del “íncubo romano”. Casesmeiro concluye el capítulo: “Es perfecta para venderla por estas fechas. Pero la esconde como un tesoro. La Virgen es rubia; el Cristo, ario.”

Jorge Casesmeiro ha tenido el valor de hacernos las preguntas que jamás nos haríamos, lo ha hecho no sólo con un estilo propio de un gran narrador, sino con la aguda inteligencia del que se sabe entre lobos: astuto como serpiente, dócil como paloma.

Doctor en Filosofía y Sociología

Publicado originalmente en elimparcial.es