¿Qué somos?

0
44

Luego de analizar la infinidad de calificativos que nos dan a los mexicanos, me hice varias preguntas ¿somos estudiantes muy inteligentes en matemáticas, robótica, ortografía o ciencias? ¿conformamos una población predominantemente de marginados y predispuestos a migrar violando las normas? ¿Nuestra sociedad se configura de personas insensibles, ambiciosas y fifís, que solo buscan discriminar a los chairos, los indígenas y los nacos? Las diferencias entre los mexicanos ¿son tan simples como las de un perro con un lobo? Indudablemente compartimos con la fauna universal algunas generalidades, desde el hecho de ser materia, integrada por células que nace, crece y muere con ciertas individualidades como el ser mamíferos, omnívoros y sobre todo con capacidad de abstracción que nos permite no solo ser parte u observar la naturaleza sino analizarla, a grado tal que hoy sabemos el papel que juegan en nuestras vidas los genes y hasta el ADN que nos distingue de otras especies cuyas características podrían ser similares [1].

Además de estas distinciones biológicas, los filósofos y teólogos -sobre todo de tradición cristiana o musulmana- consideran que los humanos tienen en su interior una chispa divina que no le fue dada a los otros seres de la creación. Tal fuente de iluminación no puede ser captada con métodos materiales, pues “el alma” es de distinta naturaleza a lo simplemente tangible, no la tienen los animales, es algo simple del ser humano y por su naturaleza inmortal “vuela” a algún sitio sobrenatural cuando el cuerpo físico muere. Sin embargo, justo como resultado de la capacidad de análisis y abstracción, avances de genética, neurociencia y hasta psicología evolucionista, se cuestionan estas ideas religiosas presionando para que los filósofos modernos nos ofrezcan una respuesta a la pregunta de ¿cómo llenar el hueco que ha dejado la descalificación de los preceptos religiosos, con un lenguaje laico?

Mientras algunos meditan sobre este tema, la mayoría de los humanos, vivimos en una rendición de cuentas mutua pues cada uno es responsable ante el otro –los hijos con los padres, los trabajadores con los gerentes, directores o funcionarios superiores y a la inversa- y cada uno suele ser objeto de juicios que nos hacen los compañeros de clase o vecindario, los que se asoman a nuestros escritos, desempeño físico al manejar o correr o las pinturas y esculturas que nos atrevemos a producir. Así las cosas, como resultado de la mirada del otro surge la pregunta ineludible: “¿por qué?” ¿Porque hacen grafiti en mi puerta o mi barda? ¿Es criticable que un miembro de la comunidad se sorprenda por mis costumbres, como el tener música estridente durante la madrugada, alcoholizarme en exceso en cualquier tipo de reunión, inclusive no respetar los cánones de vestimenta formal cuando asisto a una boda, bautizo o simple convivio de amigos?

Sobre tales diferencias de percepción de cada humano y con el ánimo de transitar en paz y respeto no solo de mis hábitos sino los del otro, es que se construyen los derechos y deberes de las personas, que implica básicamente la obligación de responder por lo que hacemos. Los especialistas en psicología y psiquiatría, saben, que la madurez emocional cultivada desde los años infantiles son un factor fundamental para que la competencia por recursos –instinto de prácticamente todos los animales e incluso del humano primitivo- pueda ser sustituida por una estrategia de cooperación. ¿Todas las personas en el siglo XXI asumen que respetar las normas –de una escuela, un club, un hotel, una colonia o una nación- es el mejor camino para lograr la paz? ¿Comprende el chofer imprudente de un autobús público, que en el fondo es una persona egoísta y le abruman muchos más problemas de conducta? ¿Adultos que fueron criados, sin un espíritu de colaboración pueden evolucionar hasta asumir que sin pelear y ajustándose a las demandas que percibe como asedio, tendrá una existencia más feliz?

Todo lo que es especial de la condición humana puede entenderse de esta manera: cómo el resultado de un largo proceso de adaptación que nos ha dado la ventaja insuperable de la moralidad, para permitirnos resolver nuestros conflictos sin pelear y ajustarnos a las demandas sociales que asedian a todos. ¿Se logra así la justicia, muchas veces por el ejercicio del perdón? Aun en el ámbito familiar el equipamiento moral que incluye el cumplimiento de obligaciones y deberes es el mejor camino para erradicar el resentimiento personal y en algunos casos verdaderamente dramáticos en lo social.

Es cierto al igual que a los humanos a los perros les gusta sentirse –con besos y abrazos- queridos; les place comer; mudan sus dientes; sueñan y hasta tienen características que les permite distinguir a unos de otros y sí, también es cierta su capacidad de adaptarse para enfrentar ambientes agresivos -en esta época de lluvias debemos aprender muchas cosas- pero  lo haremos mejor si nos hacemos cargo de las características que nos distinguen: el lenguaje, la posibilidad de caminar erguidos, las capacidades cognitivas en general a fin de contar con una cultura en permanente evolución, en suma si hacemos uso de nuestras características con libertad aunque también con inteligencia [2] y respeto por el otro.

[1] Los perros, los delfines, los cerdos, las ballenas y las vacas, por ejemplo.
[2] El origen del hombre, puede estudiarse desde diversas disciplinas: biología, biología evolutiva, genética, antropología física, paleontología, estratigrafía, geocronología, arqueología, antropología, Historia y lingüística. Estudiar despojándose de rencores y complejos es la base para aumentar nuestra cultura a partí del aumento de la propia madurez.