De la economía a la política

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Sin duda que la izquierda, la academia y los críticos debieran regresar a la teoría de las ideas sobre las teorías del desarrollo. Las iniciativas de reforma económica y reforma política se han presentado por separado y en tiempos políticos más coyunturales que reales y sólo en busca de ventajas de sector y de corto plazo.

Ambas, sin embargo, están articuladas. Y según la historia de las clases sociales, la correlación de fuerzas productivas determina la correlación de fuerzas políticas y sociales. Por tanto, la esencia de una verdadera reorganización del proyecto nacional se localiza en la reformulación del sistema productivo. La crisis nacional se inició cuando el gobierno de López Portillo rompió el equilibrio de la economía mixta con la expropiación de la banca, pero sin una reforma política y del poder que consolidara de nueva cuenta al Estado.

De ahí que las iniciativas de reforma electoral y de reforma hacendaria están bastante lejos de la reforma de régimen y de reforma productiva que necesita la profundidad de la crisis nacional. En lo político, el país está urgido de una verdadera instauración democrática; y en lo económico, México necesita crecer a tasas de 7% para atender los rezagos de una economía en permanente crisis y para responder a la demanda de nuevos empleos anuales en el sector formal.

Aquí se ha reiterado hasta la saciedad que México no vive una crisis de coyuntura o de repercusión nacional de la inestabilidad internacional sino que padece una crisis de estructura productiva, de régimen político y de consenso nacional. Si las crisis con al mismo tiempo oportunidades, entonces estamos dejando pasar de largo una muy importante para hacer un corte de caja histórico, salvaguardar las grandes conquistas de bienestar e independencia pero para redefinir el proyecto nacional hacia un futuro de cuando menos setenta y cinco años o dos generaciones. Los países que han salido con bien de las crisis son aquéllos que fundan los nuevos acuerdos sociales y políticos a partir de una nueva estructura productiva.

Las reformas que se discuten en el Congreso son parciales, para decir lo menos, si no es que responden a intereses de grupo. De ahí que puedan ayudar, en el mejor de los casos, a reactivar un poco la economía, pero acumulando mayores tensiones sociales por los cambios en la ideología oficial del viejo Estado priísta, y ciertamente sin llegar a cumplir las expectativas de un país que arrastra problemas acumulados de pobreza, marginación, represión política y expectativas. Con ello se quiere significar que las reformas en discusión no sacarán al país de la crisis.

Si se quiere un detonador de una nueva fase de desarrollo, habría que buscarlo en una reforma productiva, de modelo de desarrollo y de nuevos acuerdos productivos. México creció sostenidamente cuando puso en práctica un modelo económico basado en el potencial privado, un Estado impulsor de la inversión y objetivos sociales definidos. Este modelo de economía mixta podría ser la puerta de salida a la confrontación productiva entre sectores y la vieja rencilla entre Estado contra empresarios. La clave se localizaría en un Estado regulador, con fuerza política y hegemonía social.

Hasta ahora las élites gobernantes no han entendido que la crisis de México es de sistema político, modelo de desarrollo y consenso constitucional. Pero pueden ahogar a México en reformistas jaloneadas que nunca podrán regresar al país a la senda del bienestar y el desarrollo.

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