PRD 2024: Una sucesión sin izquierda

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Un dato que debiera preocupar al análisis de los equilibrios ideológicos estaría en la certeza de que por primera vez en la historia política de México no habrá una presencia de la izquierda socialista en el ambiente de la disputa por la presidencia de la república, toda vez que Morena ondeó un confuso discurso de izquierda, pero en los hechos de gobierno nada ha decidido en función de esa ideología.

El punto de partida del análisis debe ser muy estricto: la única izquierda existente –siguiendo a Jean-Paul Sartre– es la socialista basada en las propuestas del marxismo; las otras izquierdas son remedos de justificación de ideologías vinculadas al liberalismo capitalista con cargos de conciencia social, pero que deberían categorizarse como formaciones progresistas, a fin de no desvirtuar el sentido histórico de la izquierda comunista.

La ausencia de una izquierda socialista en México y en las elecciones presidenciales de 2024 fue dramatizada por el exmilitante socialista José Woldenberg en un artículo publicado el pasado 8 de febrero en el periódico El Universal. En ese texto, el exconsejero electoral del IFE salinista lanza un “S.O.S.” a sus ex compañeros de la izquierda socialista, aunque casi todos ellos ya incrustados desde el salinismo en las estructuras del estado neoliberal, para tratar de organizar un bloque de repudio a algunas decisiones morenistas.

La izquierda socialista entró en 1989 es lo que el crítico entonces espartaquista José Revueltas caracterizó en 1962 como “locura brujular” o la perdida de los referentes geográficos. Con todos sus errores y omisiones, la única izquierda socialista en México estuvo localizada en el Partido Comunista Mexicano, aunque también criticado en 1962 por Revueltas en su célebre y muy actual libro Ensayo sobre un proletariado sin cabeza para establecer la inexistencia histórica del PCM como partido de la clase obrera mexicana y su funcionamiento como un partido de comité central oligárquico.

En 1979 el PCM participó en las elecciones legislativas ya con registro legal, después de aceptar la sumisión a las reglas institucionales de la democracia procedimental liberal que contradecía el sentido revolucionario del socialismo. El saldo electoral del partido fue de casi un millón de votos, poco más del 5% del total, pero su gran victoria política fue sacar a debate público el escudo de la hoz y el martillo y la categoría de comunista al sistema electoral institucional.

El itinerario de corto plazo del PCM quedó atrapado en las redes del institucionalismo conservador; la burocracia dirigente del partido leyó mal la realidad y concluyó que la sociedad mexicana no iba a votar por un partido que llevará el comunismo como nombre y entonces dio un paso atrás con el cambio de su caracterización de propuesta electoral: Partido Socialista Unificado de México y con estas siglas participó en las elecciones presidenciales de 1982 y vio disminuir su votación.

En 1987, el PSUM le apostó a una suma de fuerzas de izquierda socialista y volvió a cambiar de nombre a Partido Mexicano Socialista para configurar un frente en las elecciones presidenciales de 1988. Pero una nueva reflexión teórica provocó uno de los graves errores estratégicos de la izquierda socialista mexicana: la disolución del PMS, la entrega de su registro legal a la corriente cardenista del PRI y la creación de el Partido de la Revolución Democrática como una especie de partido populista poscardenista y pospriísta sin ningún referente a la ideología socialista del antiguo PCM.

El resultado de esta extraña mezcla fue un partido autodenominado de izquierda, pero con ideología priísta escondida en una mezcolanza de metas sociales que se disfrazaron de socialdemocracia aguada. El PRD, Cuauhtémoc Cárdenas y el populismo poscardenista liquidaron la propuesta ideológica de la izquierda socialista y dieron a luz una tímida propuesta de centro-progresista.

La ausencia de un partido de izquierda socialista, la falta de una organización que reconstruyera a la clase obrera mediatizada por el proyecto populista de Lázaro Cárdenas y la incorporación de las viejas militancias socialistas a los diferentes niveles de la burocracia estatal facilitaron la consolidación del proyecto neoliberal de Carlos Salinas de Gortari y el túnel de conservadurismo que duró de 1982 a 2018. Muchos de los viejos militantes del PCM encontraron espacios laborales y salariales en el Estado salinista y de manera paulatina la opción de la izquierda socialista se disolvió en la niebla del institucionalismo conservador.

El PRD tuvo un tránsito conflictivo agudizado por sus propias contradicciones ideológicas internas: no fue un partido de la clase obrera, tampoco definió un modelo socialista cuando menos como punto de referencia y derivó en un partido de caudillos y de tribus sin representación social o de clase. En el corto plazo, el PRD sirvió para los intereses políticos de Cárdenas, Muñoz Ledo y López Obrador y en 1999, una vez que estas tres figuras encontraron carriles de participación burocrática, el partido quedó a la deriva hasta su expresión mínima en la actualidad: su votación pasó del 31% en 1989 a 3% en 2018.

La candidatura presidencial de Cuauhtémoc llegó a sumar más de 6 millones de votos en el 2000 y la de López Obrador como candidato perredista la llevó a 14.7 millones, pero los liderazgos caudillistas se olvidaron de la importancia del partido. En ese periodo de 1989 a 2012, los sobrevivientes del PCM se fueron incrustando en los espacios burocráticos de los gobiernos locales y de las estructuras legislativas y se olvidaron de la importancia de un partido socialista en la consolidación de una propuesta alternativa a la del PRI-PAN-PRD.

La división del PRD provocada por el nacimiento del partido Morena terminó por liquidar los últimos resabios existentes en el sector perredista de la izquierda socialista por la incorporación de aquellos viejos ideólogos a cargos de administración acotados por el institucionalismo conservador.

Las elecciones presidenciales de 2024 tendrán por primera vez la exclusión o la no participación o la inexistencia histórica de una izquierda socialista y las opciones se reducirán al populismo tradicional de Morena y la oposición de una complicada alianza entre tres partidos que fueron adversarios históricos y que hoy aparecen aliados del brazo y por la calle: el PRI neoliberal y anti populista de Carlos Salinas de Gortari, el PAN penetrado por los intereses empresariales y en franca alianza con la ultraderecha española representada por el grupo Vox y el PRD de los Chuchos –Jesús Ortega y Jesús Zambrano– también ya en llana complicidad con el proyecto neoliberal, con el agregado hasta ahora de la Coparmex y el pivote que representa en este grupo el activista de ultraderecha Claudio X. González.

En este contexto, el artículo de Woldenberg lanzando S.O.S a sus ex compañeros de la izquierda socialista, quizá la primera camada no comunista configurada en los espacios de la UNAM, debe leerse como el reclamo a sí mismo y a sus excompañeros por la falta de una participación activa de oposición no solo contra el modelo neoliberal existente, sino a algunas de las decisiones de Morena que chocan con las viejas propuestas socialistas.

El texto de Woldenberg, por lo demás, representa también un enfoque estrecho de la realidad que debiera motivar la movilización de la izquierda socialista, pues se agota solo en oponerse algunas decisiones superficiales de la coyuntura que no tocan la verdadera definición de proyectos ideológicos y económicos ni tienen que ver al reclamo a la izquierda socialista por su fracaso en la construcción de un proletariado militante con capacidad de definición de equilibrios de poder.

Sin un PRD remasterizado y menos aún sin redefinición ideológica de clase, las elecciones presidenciales del 2024 se darán entre una continuidad populista de Morena y una oposición con revoltijo de enfoques ideológicos y de clase y con propuestas de reconstrucción del proyecto económico neoliberal de Carlos Salinas de Gortari y del regreso de un eficientísimo tecnocrático.

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