Vencí al Covid…

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Es covid.

Cuando escuché el diagnóstico médico me estremecí. Pensé que en el peor de los casos pasaría a formar parte de las estadísticas como uno más de los miles y miles que cada día pierden la vida desde que comenzó la pandemia. Apenas había transcurrido la primera semana de enero y yo estaba infectado del virus. Así comenzaba el 2021. Tenía unos días de haberme dado un respiro después del peor año de mi existencia. La ilusión de que iban a mejorar las cosas se desvaneció. Mis esperanzas se esfumaron. De pronto estaba, ahí, en el infierno tan temido.

Ahora estaba yo ahí frente a mi realidad. Los hospitales de la Ciudad de México a tope y sin la menor esperanza siquiera de ocupar algún lugar en una clínica privada. Por mi condición económica provocada por la pandemia ni remotamente puedo ahora aspirar a un hospital privado. Es inaccesible. No dispongo de un seguro médico ni cuento –como millones de personas– de un carnet de acceso a ninguna institución pública de salud.

Cuando recurrí en su momento a una simple consulta en el Instituto Nacional de Nutrición ni siquiera se tomaron la molestia en atenderme para tomarme mis datos.

Ahora estaba enfermo y a la medianoche estaba yo ahí en mi cama con la saturación de oxígeno al límite con el temor de que no cayera en una oxigemia, pues una insuficiencia respiratoria podía complicar mi frágil estado de salud si en algún momento se llegaran a disparar mis niveles de glucosa. La temperatura por encima de los 39 grados al borde de los 40. Una tos seca no me dejó conciliar el sueño el día anterior. Ni siquiera me había percatado que mis sentidos del gusto y el olfato estaban ausentes. En la mañana de ese día había conducido 400 kilómetros de carretera de ida y vuelta. En el camino almorcé fuerte y todavía bebí un caballito de tequila como se hace cuando uno se quiere cortar una gripe. Entonces comenzaban los síntomas y yo ni siquiera lo sabía hasta que en la noche ¡Bingo! El Covid me tenía atrapado en sus garras.

Con más de seis décadas de existencia no estaba dispuesto a dar tregua a mi enemigo invisible, estaba decidido a dar, tal vez, la última batalla de mi existencia. Desde un año antes me había estado preparando a sabiendas de que algún día me tocaría por mucho que me estuviera cuidando y hasta escondiendo debajo de la cama.

Nadie es inmune por rico y poderoso que sea. Y menos yo, un veterano periodista que desde hace cinco lustros decidió trabajar por su cuenta ganándose la vida como un modesto escritor. Al igual que el presidente Obrador que se tomó siempre el Covid con frivolidad cayó en las garras del bicho y se atrincheró en su palacio. Lo mismo le ocurrió al magnate Carlos Slim quien tan pronto presentó los primeros síntomas se fue a atender de inmediato al hospital de nutrición, del que es uno de sus benefactores. Slim y sus temores de no querer ser el más rico del panteón.

Yo había sido advertido de que la única forma de enfrentar en su momento el bicho era reforzando mi sistema inmunológico. Para ello por lo menos me tomé una veintena de frascos de vitaminas desde que comenzó la pesadilla del Covid. Ahora había llegado la hora de hacer frente al maldito virus.

Mis hermanas Nora y Norma –quienes se encuentran en la primera línea de fuego en el combate al Covid– llegaron a mi casa a la medianoche. Yo estaba tirado en la cama con el cuerpo hecho trizas. Dolores musculares, temperatura y una tos espantosa me delataban.

Me tomaron los signos vitales: ritmo cardíaco, oxigenación, temperatura y presión arterial.

Tienes buena frecuencia respiratoria, me dijeron en un tono de alivio.

Entonces desplegaron de sus mochilas de excursionistas todos los implementos necesarios, además traían consigo un tanque de oxígeno y un aparato de ozono y una máquina portátil generadora de oxígeno. A partir de ese momento mi recámara quedó transformada en un cuarto de cuidados intensivos.

Con esos equipos y con los medicamentos necesarios Nora y Norma se han dado a la tarea de salvar muchas vidas, al menos las de cuatro centenares de pacientes de todas las edades y clases sociales que no encontraron, por diversos motivos, un lugar en un hospital para atenderse del Covid.

Nora y Norma han antepuesto su vida para salvar la vida de los demás llevando casi un año sin tregua en la primera línea de fuego del Covid.

Ahora estaba yo ahí ante ellas con mi vida como un cheque al portador.

Apenas un mes antes había dejado el estrés al que las deudas y mi precaria situación económica me habían llevado a consecuencia de los estragos financieros provocados por la pandemia. Cancelé proyectos, suspendí la escritura de un par de libros en los que venía trabajando, perdí mis ingresos como colaborador free lance y terminé vendiendo lo único de valor que tenía: mis libros. Pagué parte de mis deudas y pase las Navidades con el alma adormecida de tantas presiones, sin quejarme ni decir nada a nadie sobre mi debilitado estado de salud.  Aposté la fortaleza sí se le puede llamar así de mi sistema inmunológico al consumo desaforado de las vitaminas y a las bacanales que procuré muchas veces los fines de semana con alucinantes carnes asadas y tragos de güisqui, mezcal y tequila.

Estaba ahí ahora para pagar las facturas de tantas borracheras y el tren de grosería de los últimos años, de hacer un balance de mi vida, de llegar a pensar haber vivido sin fines, de haber estado comiendo y produciendo mierda durante los años y los años. Había llegado el momento de hacer, de modo inevitable, el recuento del trajín y la vaciedad de aquellos años todos. Ser autocrítico antes de pasar a formar parte de las estadísticas para bien o para mal.

Sabía yo que llevaba todas las perder. Con 63 años y una enfermedad crónica, la misma que mató a mi padre y a mi hermano Ismael, así que ahora estaba ahí desnudo y sin prejuicios ante el bicho más mortífero de los últimos tiempos.

La atención de mis hermanas fue más que oportuna. Comenzaron el tratamiento con anticoagulantes y una fuerte dosis de ozono vía intravenosa y rectal, aspirinas y otros medicamentos para combatir la infección. Al mismo tiempo sin ninguna concesión fui sometido a una rigurosa dieta a base de verduras y jugos verdes y nada más. Me daba igual, había perdido el apetito y ni siquiera percibía el más mínimo sabor y olor de las cosas.

Por dos semanas estuve anclado en mi cama con los síntomas y el fastidio por el encierro. Estaba secuestrado por una intermitente temperatura que combatía con compresas para tratar de estabilizarla. La fiebre era la respuesta de mi sistema inmune para defenderme del virus. Mis defensas estaban haciendo bien su trabajo, de algo servían los puños de vitaminas que día con día durante un año estuve consumiendo para prepararme para estos momentos. Las vitaminas D, C, Zinc, Omega 3, Glisina, Selenio y otras habían funcionado.

Salvo un día estuve conectado al oxígeno al 2 por ciento y dejé el aparato no tanto porque estuviera mejor sino porque una persona más enferma lo requería y mis hermanas decidieron que yo no lo requería pues mis niveles de saturación evolucionaban satisfactoriamente.

Después de dos intensas semanas y de haber cumplido su ciclo el bicho dentro mi cuerpo, mi hermana Nora me confió: “Te salvaste canijo”.

En la soledad de mi enfermedad le daba a mi alma descanso y paz con la música. El virus cansa y deja un vacío. El encierro permanente semiparaliza el cuerpo. Yo no estaba dispuesto a terminar como un tiliche, como un muñeco de trapo, sin equilibrio.

Tras superar la enfermedad, experimenté que mi voz había adquirido un tono sedante como cuando uno sube una montaña y termina agitado. Poco a poco me siento relajado y comienzo con mínimas dificultades a aporrear mi teclado.

Nora y Norma me dicen a manera de consuelo. “Vas a tomar unos días de descanso… viene tu recuperación”.

Ha pasado una semana desde entonces. Tenía unas ganas irrefrenables de escribir y contarles esta amarga experiencia.

Quizás resulte temerario decirlo, pero lo bellamente onírico sucedió: vencí al Covid.