La naturaleza humana

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José María Méndez

Ante todo distingamos los dos sentidos que aquí damos al término naturaleza. Con la palabra latina natura me refiero a un concepto: la esencia de un ser vivo y lo que hace, según el criterio agitur sequitur esse. Natura es la misma essentia de un viviente en cuanto principio de sus operaciones. En cambio, en la materia inerte sólo hay individuos carentes de esencia o natura. Y si se trata del ser humano, diremos natura hominis.

Por otra parte, con la palabra alemana Natur designo la realidad del entero cosmos, excepto el espíritu humano, con sus pensamientos y sus decisiones libres. En consecuencia, los sentimientos, emociones, tendencias y todo lo psicológico o pasional en el hombre, queda dentro de Natur.

Se habla ahora de mejora humana, de transhumanismo y posthumanismo, sobre todo en el ámbito anglo-americano. Si se considera la natura hominis como algo fijo e inmutable, ese concepto estaría superado por las actuales posibilidades técnicas de interferir en el cerebro humano. Estos autores se consideran a sí mismos como los redentores de la humanidad. En boca de de Nick Bostrom, se trata de un movimiento cultural, intelectual y científico con el deber moral de mejorar las capacidades físicas y cognitivas de la especie humana y de aplicar al hombre las nuevas tecnologías para eliminar aspectos no deseados y no necesarios de la condición humana, como el sufrimiento, la enfermedad, el envejecimiento y hasta la condición mortal (Cfr. Bioética y Biopolítica, Graciano González R. Arnaiz, Comares 2021, Pag.34).

Sólo la formalización de la lógica ha permitido dar un significado preciso a los conceptos de essentia y natura. O saber exactamente de qué estamos hablando. Con gracejo y sentido común afirmó Santo Tomás de Aquino que ningún filósofo ha conseguido nunca saber cuál sea la esencia o natura de un mosquito. (Collationes de Credo in Deum). Mucho menos sabemos cuál sea la natura hominis. En efecto, según el rigor de la lógica formalizada, la natura de un mosquito implicaría conocer todos sus predicados monádicos o propiedades, los célebres universales. Y además todas sus relaciones diádicas, triádicas, tetrádicas, etc, con todos los seres del resto de Natur. Lo que los cálculos matemáticos puedan aportar al respecto está incluido ya dentro de las relaciones lógicas, generalmente triádicas. El entero cosmos responde a una precisa y enorme consistencia lógica. Llamémosla consistencia-COSMOS. Esta fórmula es el correlato lógico de lo que hemos llamado antes Natur, incluyendo el cuerpo humano y su psique. No su espíritu. Obviamente esa consistencia-COSMOS supera nuestra capacidad de conocer. Ni siquiera conocemos el mínimo fragmento de ella que fuera la esencia de un ser vivo, planta o animal. Más aún, ni siquiera conocemos la realidad última de lo más simple de todo, la materia inerte.

La ciencia que más ha penetrado en el secreto de Natur es la física cuántica. Y

ha llegado a la conclusión de que la materia inerte sólo es concebible mediante una teoría no-local, como se dice en la jerga, o que abarque todo el universo. Einstein se negaba a aceptarlo. Pero es obvio que una teoría física no-local concuerda con la consistencia-COSMOS.

En rigor, lo único que sabemos con total certeza es que nuestros cálculos matemáticos funcionan, y gracias a ello construimos máquinas que mejoran el bienestar humano. Pero nadie sabe qué es, o cómo es exactamente, la materia inerte, la parte más sencilla de la gigantesca fórmula consistencia-COSMOS. Sólo podemos manipularla en nuestro provecho, lo que no es poco.

Newton fue mucho más clarividente que Einstein en este punto. Su frase hypothesis non fingo era totalmente sincera. No fingía al decir que la gravitación universal era sólo una hipótesis que funciona. Un als ob (como sí) en la jerga de Kant. Newton era consciente de la contradicción interna de su teoría. Por una parte la fuerza gravitatoria disminuye con la distancia, Y por otra, abarca todo el universo cualquiera que sea la distancia. Por eso, él nunca afirmó que la fuerza de la gravedad fuese un hecho real, sino sólo que, si la tomanos como hipótesis, las cuentas salen y coinciden con lo observado.

La biología es mucho más complicada y difícil que la física. Y mucho más limitados sus experimentos. Se aprende anatomía con cadáveres. La vida como tal siempre se nos escapa. No podemos reproducirla en nuestros experimentos.

La mayor complejidad de la vida respecto a la materia inerte es obvia. Una molécula química puede descomponerse en sus átomos, y luego ser recompuesta. Eso no cabe hacerlo con un ser vivo. Así pues, los átomos respecto a las moléculas funcionan como condiciones necesarias, o si no no. La presencia conjunta de todas las condiciones necesarias de la molécula se convierte en condición suficiente, o si sí sí. Lo mismo que si descomponemos una máquina en sus piezas, y luego la recomponemos sin olvidar ninguna, la máquina vuelve a funcionar.

Muy al contrario, en la vida hace falta un plus distinto de la totalidad de las condiciones necesarias. Ese plus suplementario, o élan vital como decía Bergson, es la condición suficiente, si previamente todas las condiciones necesarias están presentes. Para más detalle cfr, José María Méndez, “La Reconstrucción de Occidente”, Ed. Ultima Línea. También http://www.amazon.es/dp/B08HRS4582

Pongamos un ejemplo familiar. Un marcapasos no puede ser ese plus o condición suficiente de que hablamos. Cuando llega la muerte de alguien con marcapasos, su corazón se para a pesar de que la pila está aún cargada. El marcapasos aseguraba el nivel mínimo de una condición necesaria. Pero desde luego no era una condición suficiente.

Este ejemplo indica todo lo que pueden hacer los neurocirujanos con un cerebro humano. Para estudiar las neuroconexiones usan cerebros muertos. Y si se trata de cerebros dañados o enfermos, pero aún vivos, sólo logran detectar condiciones necesarias del tipo “si no funciona el área de Broca, no funciona el lenguaje”. Pero se nos escapan las condiciones suficientes, las decisivas en las funciones vitales, las que añaden el plus en cuestión.

Así pues, los neurocirujanos consiguen sin duda restaurar alguna condición necesaria averiada. O asegurar su función, como en el caso del marcapasos. O

reponerla, como en los trasplantes de órganos. Pero Bostrom y compañía se sienten capacitados para prometernos nada menos que la salud perpetua y la inmortalidad. Si supieran lógica, se darían cuenta de que lo que prometen implica la capacidad de resucitar a los muertos. Ni siquiera Bostrom se ha comprometido a tanto. Incurren en el frecuente salto lógico de convertir las condiciones necesarias en suficientes.

Volvamos al concepto filosófico de natura. Aunque no conozcamos el principio de las operaciones de un animal, sabemos que en correspondencia con él existe una precisa consistencia lógica, que es parte de la consistencia-COSMOS. Por eso decimos que el animal actúa por instinto. Su comportamiento está determinado causalmente por sus impulsos interiores, que reaccionan ante la realidad que le circunda en cada momento. La causalidad es lo que caracteriza a Natur. Justo por esta razón el animal no tropieza dos veces en la misma piedra. El primer choque es incorporado a su memoria y regulará su conducta en el siguiente posible tropiezo. En Natur. todo está causalmente relacionado con todo.

Muy al contrario, el hombre es libre en sentido positivo. Es responsable único y exclusivo de sus acciones. Y eso es incompatible con el instinto, con el estar previamente determinado de modo causal, tal como ocurre en Natur. La conducta racional y libre del ser humano no forma parte de la consistencia-COSMOS.

En consecuencia, la regla aristotélica según la cual lo bueno es lo secundum naturam, y lo malo lo contra naturam, podría servir para los animales, pero no para el hombre. El instinto causal es todo lo contrario de la libertad positiva. La regla de la moralidad no está en la natura hominis, que existe sin duda, pero está fuera de nuestro alcance intelectual. La regla de la moralidad se encuentra en los valores que percibe el espíritu. Con arreglo a ellos toma la libertad positiva su decisión concreta, para bien o para mal, y tantas veces en contra de lo que pide el instinto.

El error formal de la regla secundum naturam consiste en derivar lo que debe ser a partir de lo que es. Incluso en el venturoso supuesto de que conociéramos la natura hominis, se trataría siempre de algo que es, algo ya dado o realizado. Y de ahí no se deducirá nunca lo que debe-ser.

¿Qué decir del transhumanismo y del posthumanismo que ahora se venden con tanto éxito en el mercado? Ya aludimos a que sus autores van a ciegas. Ignoran la lógica. Tampoco ellos conocen la natura hominis. ¿Cómo van a mejorar lo que desconocen? Lo único que esperamos de médicos y farmacéuticos responsables es que acierten al reparar alguna condición necesaria y no suficiente.

Por desgracia, destrozar o destruir la natura hominis eso sí está a nuestro alcance. Es el peligro al que nos expone la soberbia y la ignorancia de los visionarios tipo Bostrom y compañía. Recordemos lo que sucedió en Alemania con la talidomida. Nacieron niños sin brazos, que ahora están en la mitad de su vida. Muchas personas se ven frustradas por el uso imprudente de la química y la farmacia. Ahí está el caso del cantante de lieders Thomas Quastorf. La potencia y calidad de su voz le capacitan de sobra para cantar ópera. Pero no puede hacerlo, porque le faltan los dos brazos.

Y aún más cerca está la pandemia del Covid-19. La sospecha de que el origen estuvo en algún laboratorio nunca podrá probarse. Pero esta ausencia de pruebas no hará más que reforzar la sospecha.

En conclusión, los científicos serán prudentes en la medida en que sean conscientes de las limitaciones del conocer humano. Antes de prometer mejorar la naturaleza humana, debieran estudiar un Manual de Lógica.

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

Publicado originalmente en elimparcial.es