Buendía

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Era el inicio del año escolar 1966 –aún no se inventaba lo de semestres– cursaba el segundo de facultad y acudía al despacho del coronel Arturo Cisneros cerca del parque España. Además de la oportunidad de un ingreso extra si lograba vender publicidad de la revista gallística –que se seguía editando aun cuando López Mateos había dejado la presidencia–, podía hacer mi trabajo en una ¡máquina eléctrica!, eso sí que era más que buena suerte. Apenas empezado el año, se inició justo en mi facultad, lo que terminaría semanas después con la destitución [1] del rector Ignacio Chávez. Salvarte de una bala perdida cuando aún no has cumplido 20 años, observar las diferentes expresiones estudiantiles y afrontar, lo que concluiría en título y mención honorífica, fue una sucesión de eventos que me hicieron lo que hoy soy a mis casi 75 agostos.

Los detalles de esa época están siendo parte de otro de mis libros, aunque enfoco los recuerdos en un gran amigo del coronel Cisneros, que mucho tuvo que ver con lo que hoy hago. Su nombre: Manuel, su apellido un buen deseo “Buendía”. Cual, si fuera un comité de recepción, las secretarias me advertían “la está esperando el coronel” y sin más preámbulo que el saludo y la pregunta acerca de las novedades, él esperaba un buen resumen de lo ocurrido: mítines, pleitos entre porros, esquiroles y toda suerte de interesados en ese movimiento que pocos sabían tenía apoyo financiero de múltiples fuentes entre ellas, la secretaría de la presidencia. Al concluir mi relato me dirigía a la flamante máquina eléctrica que podía usar si no estaba siendo ocupada por “Buendía” y desde cuya ubicación además podría yo escuchar lo que el corpulento militar retirado, repetía telefónicamente de mi relato. Casi siempre había errores, por lo cual me levantaba como tiro para hacerle señas a fin de explicarle que no era así sino todo lo contrario, lo cual terminó en una frase que marcó buena etapa de mi vida. “mejor, te paso a mi sobrina y que ella te explique”.

Luego me pidieron un resumen del análisis que yo hacía como resultado de las preguntas que me planteaban y fue ahí donde el señor “Manuel” me apoyó trasmitiendo como si fuera un seminario intensivo, donde aprendí: el porqué de sintetizar las ideas, que significaba ser objetivo, los riesgos de hacer señalamientos cualitativos y las ventajas de plantear a cambio diversas hipótesis de análisis. Con Manuel Buendía –quién había trabajado en la CFE y luego en la oficina de comunicación social de departamento de DF– me empecé a sentir cómoda, con el hecho de usar un seudónimo en vez de mi nombre. A diferencia de muchos otros lectores que desde mi temprana edad criticaban esa decisión, Manuel me dijo, “hasta puedes registrar tus seudónimos, sobre todo siendo mujer, te conviene usar tu nombre sólo en caso necesario”. Eso lo hice por muchos años hasta que empecé trabajar de manera formal en la revista Siempre, El Universal y por años en el Diario de México. Y casi como escuela paralela, hablar con Buendía hasta el final de la carrera en 1969, fueron las bases de una forma de escribir que de cierta forma él me heredó en vida. Aun cuando nuestros encuentros fueron cada vez menos frecuentes, yo aprendía que no era demonio por haber sido elemento importante en una revista panista o inscribirse en la carrera de leyes; pero con los muy “reaccionarios” de la libre de derecho o lo que entonces yo percibía como incongruencia por su paso en la dirección del periódico la prensa.

Apenas había pasado 4 meses de ser formalmente abogada me casé; solo continúe mi trabajo como maestra de la preparatoria –siete, seis y por último la cuatro– y mientras yo aprendía a ser esposa y madre, Manuel se fue a CONACYT, daba clases en ciencias políticas, además de darle sustento a lo que fue su proyecto de vida desde 1958, me refiero a “red privada” recibida por diversos medios, antes de su violenta partida de este planeta.

Han pasado poco más de 37 años de su asesinato, el tema de los periodistas desaparecidos o asesinados hace de Manuel Buendía un tema vigente. Cuando eso ocurrió, yo había pasado por el sector público en una posición importante, el presiente López Portillo concluía su encargo de manera casi vergonzosa. Su sucesor, empezaba a caracterizarse por el color gris, la venganza sexenal llevó a la muerte –supuestamente por un accidente de la avioneta en que viajaba– al primogénito del coronel Cisneros, quien años después también nos dejó víctima de cáncer y depresión.

La sorpresa por su muerte tenía que comentarla con don Fernando, lo vi en sus oficinas en la calle california, antes de que cambiaran la sede de esa dependencia a Morelos y me atreví a expresar que, si acaso algo podría desempeñar, sería una postura como legisladora. Luego de escucharme enfáticamente me sugirió aumentar mis precauciones personales. Me mandó a hacer méritos al partido y conversar con su entonces secretario, quien al tiempo fue gobernador y otras cosas. Finalmente asumí que la corrupción es casi imposible de erradicar, dejé de aspirar a “puestos” pues en cada uno el riesgo de corromperse estaba presente; y hasta hoy muchos de mis escudos siguen siendo los consejos, clases o experiencias que Manuel nos enseñó a los jóvenes que acudíamos al despacho del coronel Cisneros.

[1] No le llamo renuncia porque en realidad, fue el cumplimiento de la voluntad del entonces presidente de la república, quien no estaba cómodo con la reelección del eminente medico cardiólogo, a quien muchos deseaban ver salir para iniciar lo que luego al paso de los años se convirtió en una desgracia para la UNAM.