Scherer, siete años; Proceso, su legado

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Conocí a Julio Scherer García por mi amigo Hebraicaz Vázquez. Lo conocí en 1978 en sus oficinas de la revista Proceso. Comenzaba a dar los pasos decisivos de mi carrera como periodista, entonces me desempeñaba como reportero del periódico unomásuno. Con mis modestos ahorros preparaba mis primeras vacaciones en familia. A punto de viajar al puerto de Veracruz, Hebraicaz me pidió que me esperara que me iba a presentar a Julio Scherer, Helenita, su secretaria estaba por confirmarle la cita. Al tercer día de tan ansiada cita, Hebraicaz me llamó para acompañarlo. Se disculpó, no te aflijas, le dije. Mis vacaciones se esfumaron. Pero ese encuentro con Scherer me dejó ricas enseñanzas. En esos tiempos Scherer y Manuel Buendía significaban, para mí, todo en el periodismo. En el encuentro Hebraicaz le llevó unos documentos a Scherer. Mi amigo Hebraicaz era un modesto obrero de Petróleos Mexicanos que con un pequeño grupo de compañeros habían fundado el movimiento nacional petrolero mediante el cual combatían el cacicazgo de La Quina, Joaquín Hernández Galicia, un gangster que hizo una carrera criminal al amparo del poder, hasta que el presidente Salinas lo depuso en una maniobra no menos gángsteril mediante el uso de las armas.

Hebraicaz –a quien hace años no he vuelto a ver, pero que aún sigue al frente del movimiento petrolero que inició en 1971– tenía vínculos de amistad con Scherer lo mismo que con Manuel Buendía y el ingeniero Heberto Castillo. Por Hebraicaz también llegué a conocer a Buendía. Mi buen amigo facilitaba información documental a dichos personajes sobre la corrupción en Pemex. Algunas de esas informaciones servían para los reportajes de Proceso, los artículos de Heberto Castillo que publicaba en esa revista y para algunas columnas de Buendía.

El próximo viernes 7 de enero se cumplirán siete años del fallecimiento de Julio Scherer, quien en abril cumpliría 96 años. Cuando lo conocí tenía 52 años, en plenitud de vida y en la cúspide de su carrera. Dos años atrás, dejó Excélsior tras el golpe ordenado por el presidente Echeverría, el rotativo era entonces el único periódico independiente, crítico y combativo. Justamente en el año en que yo lo conocí, el secretario de Gobernación emprendió una serie de negociaciones para devolver Excélsior a Julio Scherer, el poeta Octavio Paz y el historiador Enrique Krauze fueron testigos de esa negociación que no fructificó por falta de voluntad política del presidente López Portillo, quien incluso terminó asfixiando a la revista Proceso al cerrar el grifo de la publicidad oficial (“no te pago para que me pegues”).

Las negociaciones trascendieron y el periodista Alan Riding, corresponsal de The New York Times publicó alguna nota sobre el tema. En realidad, Scherer no estaba interesado en la recuperación de Excélsior porque no quería deberle favores al gobierno, de ello ha contado Enrique Krauze.

Años más tarde, a principios de la pasada década de los noventa Scherer recibió una nueva propuesta para regresar a Excélsior. Esta ocasión a cargo del empresario Juan Antonio Pérez Simón, quien fuera el principal socio del ingeniero Carlos Slim. Entonces Pérez Simón trató de persuadirlo, le ofreció todo el respaldo jurídico y financiero para lograrlo, costara lo que costara. Scherer dijo No. Tres años después (1996) dejaría la dirección de Proceso. La revista sin embargo seguía el mismo cauce emprendido por su fundador. Pérez Simón tenía todo el dinero del mundo para cumplir ese capricho para complacer a Scherer. Don julio valoró más la amistad y su independencia que la pertenencia de Excélsior.

Conozco de primera mano la relación de Pérez Simón con Julio Scherer. Escribí un perfil biográfico de Pérez Simón y cuento con testimonios de esa relación y una buena parte del intercambio epistolar entre ambos. Pese a que fue una relación tardía la de ellos, la amistad que acrisolaron se hizo nudo, aún después de la muerte de Scherer. En su momento haré pública la historia de esa relación.

Guardo en la memoria y en mi corazón la felicitación de Julio Scherer por la publicación de mi libro Las enseñanzas del profesor. Indagación de Carlos Hank González, cuya primicia concedí a Proceso como un adelanto hace ya más de veinte años.

Ya en el retiro formal de la dirección de Proceso, Julio Scherer mostró simpatías por el movimiento de López Obrador, aunque no confiaba en la personalidad de Obrador. Incluso Scherer le puso el apodo de “Pejelagarto” al tabasqueño, pues lo consideraba como un político astuto.

Algunos amigos de Scherer cuestionaban al tabasqueño por obtener provecho mediante la manipulación de la gente a quienes engañaba con falsas promesas.

Scherer se mostraba como un incondicional de Obrador y se autocensuraba. Ni la menor crítica contra el Peje. Incluso Enrique Krauze lo cuenta así: “Hacia 2005 algo comenzó a separarnos: la adhesión de Julio a Andrés Manuel López Obrador y mi relación con la televisión. Yo le señalé que su adhesión era incondicional y acrítica. Y le expliqué que mi vínculo (centrado en Clío, empresa autónoma) no mermaba mi libertad e independencia. Preferimos no hablar más de esas cosas. La prueba de fuego llegó a mediados de 2006, cuando publiqué ‘El mesías tropical’. Nunca lo comentamos, pero debió incomodarlo en extremo”.

La revista Proceso sigue su curso y continúa con el legado de Julio Scherer. En noviembre pasado la revista celebró su 45 aniversario en medio del acoso desde Palacio. Lo peor de todo es que Obrador traicionó la memoria y la amistad de Scherer. El tabasqueño ha declarado a Proceso como uno de sus enemigos. El periodismo de Proceso incomoda al presidente. El de Proceso es un periodismo sin concesiones, esa es una de las enseñanzas que nos legó Scherer a las nuevas generaciones surgidas del golpe a Excélsior. Proceso no ha cambiado, el que cambió fue Obrador quien sigue los pasos del presidencialismo autoritario. Tenía razón Scherer, Obrador resultó un Pejelagarto.