Dedazo y régimen político

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Mentor Tijerina Martínez

Desde la elección presidencial del 2000, ningún presidente en México ha podido imponer a su sucesor mediante dedazo.

El dedazo es el método mediante el cual el presidente saliente designa a su sucesor. Se trata de un método cerrado y antidemocrático a través del cual el presidente en turno se erige en el gran elector. Bajo el antiguo régimen de partido hegemónico -el PRI y sus antecesores PRM y PNR- se desarrolló toda una cultura y líneas de acción a través de la cuales los integrantes del gabinete trataban de convertirse en el elegido, o el “tapado”, a ser ungido presidente.

El dedazo se caracteriza por la centralización de la designación del sucesor en la figura del presidente de la República, imprimiéndole al régimen político, a partir de los años 70s del siglo pasado, un carácter centralista y tecnocrático.

La vía central-tecnocrática de reclutamiento a la presidencia excluía la vía local-electoral, pues los Gobernadores de los Estados, y el resto de la clase política local, carecía de vías de acceso a la Presidencia.

El dedazo como método de imposición del presidente sucesor está estrechamente relacionado con la naturaleza autoritaria del régimen político. El primero no puede entenderse sin el segundo. Para que haya dedazo se necesita que estén presentes los elementos autoritarios del régimen, a saber, según la definición de Juan J. Linz: la existencia de un régimen con pluralismo político limitado, que, en el caso mexicano, tiene como elemento central la presencia de un partido hegemónico que domina y controla la arena electoral, la responsabilidad limitada de los gobernantes, y la presencia de una “mentalidad” difusa, a diferencia de la ideología estructurada de los regímenes totalitarios, que legitima el ejercicio del poder.

Después del proceso de liberalización electoral que se dio a finales de los años 70s y que culminaría en el 2000 con la derrota electoral del PRI, el régimen político mexicano dejó atrás la etapa de pluralismo político limitado. La arena electoral se democratizó de tal manera que garantiza el acceso al poder, tanto a nivel federal estatal y municipal, de los partidos opositores. Existe, por otra parte, un organismo electoral autónomo del poder político, el Instituto Nacional Electoral (INE), responsable de organizar las elecciones y dar conocer el resultado electoral.

En estricto sentido, la tesis del dedazo no tendría cabida en un régimen electoral con pluralismo político amplio, pues, en caso que el presidente trate de heredar el poder imponiendo a su sucesor, existe siempre la posibilidad de derrotarlo en las urnas. El funcionamiento de una arena electoral competitiva y de organismos electorales autónomos garantizan a los ciudadanos la posibilidad de votar en contra del dedazo. Se elimina, de esta manera, la ineluctabilidad de la imposición del sucesor que prevaleció en el régimen autoritario.

¿Qué nos hace suponer que podría resurgir el dedazo en el 2024?

En primer lugar, el carácter hegemónico de MORENA que, a partir de las elecciones estatales del 2022, podría gobernar la gran mayoría de los estados del país. En segundo lugar, la debilidad de la oposición conformada fundamentalmente por partidos surgidos en el antiguo régimen, el PRI y el PAN, lo que daría lugar, por default, a una elección presidencial de baja competencia electoral. El tercer elemento es el fortalecimiento del presidencialismo hegemónico, frente a la debilidad política y financiera de los estados federados. La amplia popularidad del actual presidente, en su versión plebiscitaria, podría dar lugar a la imposición del candidato de MORENA para evitar la fractura que provocaría una elección interna. El cuarto es la visión ideológica del actual gobierno que busca la continuidad transexenal del proyecto de la Cuarta Transformación asegurando la lealtad personal e ideológica del sucesor del presidente. Finalmente, la presencia de poderes fácticos en muchos estados del país cuya injerencia en las elecciones altera la imparcialidad y equidad de la arena electoral, rompiendo con ello el equilibrio democrático.

Todos estos elementos imprimirían un cambio de naturaleza en el régimen político que harían al dedazo, de nueva cuenta, invencible.