Muñoz Ledo: entre ser piedra arrojadiza al PRI y a López Obrador

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Polémico, referente, camaleónico y venido muy a menos en los últimos años, gracias a  su ininteligible voz y evidente e inocultable desparpajo de ideas que lo fue delineando ya en los años recientes, dificultando saber dónde seguía parado, dadas las volteretas, cambios de posturas, desfiguros y mimetizadas que se propinaba de cuando en cuando; dígase de Muñoz Ledo que fue todo eso, ya que también lo fue, y si bien, es una referencia necesaria, no lo es de la democracia, sino que lo es solo cuando se trata de explicar los entresijos del sistema político mexicano, que no es lo mismo. Fue importante, fue referente para eso referido, pero cada vez más, simplemente, lo fue, ya no lo era.

No coincido ni con llamarlo pavimentador de la democracia o considerarlo un impulsor de aquella. Esos triunfos son del pueblo de México, no de políticos de renombre. Sus ideas, sus declaraciones, sus certeras definiciones nunca perdieron su sabor priista, aunque estuviera fuera del PRI hace ya tantas décadas, aunque el PRI lo terminara detestando, aborreciendo, porque Muñoz Ledo lo desnudó excelentemente como nadie ante la nación. A los priistas les arrancó la careta de revolucionarios e institucionales. Era un festín cada vez que les clavaba banderillas dobles a los priistas que se las tragaban enteras. No hubo quién le pudiera responder con acierto.  Mas, Muñoz Ledo sí servía para identificar puntos clave del mecanismo político mexicano y en ello es dónde estriba su valía. Instantes después de su muerte, la izquierda lava su cara, el PRI sencillamente, calló.

Por eso, sobran las condolencias y los reconocimientos de todos. Fatuo que era, amigo de pocos, todo apunta, se queda uno con la impresión de que tales lisonjas ni las requiere ni son honestas al manifestar su “pesar”, ya no digamos que no suenan sinceras.

A Muñoz Ledo ha de echársele de menos por sus años lúcidos, no por las rocambolescas volteretas de los últimos lustros que pudrieron sus éxitos. Se le echará de menos por sus puntualizaciones de antaño y, acaso, por sus ocurrencias, no por sus desvaríos de hogaño y por placearse cual divo de la política, cuando ya hacía lustros que ya ni pintaba nada, por la sencilla razón de que México siguió adelante. Haya o no cambiado, México. Su mentalidad priista le impidió entenderlo y como le pasó al PRI del que provenía y consiguió fracturar, se quedaron los dos atrás, en el pasado, como ahí sigue anclado y permanecerá el PRI. Su desencuentro con López Obrador rayó en alucine y delirio, no en el paroxismo que era el de esperarse y acabó por no llegar; y faltando ese paroxismo, demeritó su condición de animal político. Muñoz Ledo no supo olfatear la importancia del triunfo lopezobradorista. Total, fue un error y cualquiera lo tiene y lo tuvo el aparentemente infalible Muñoz Ledo.

Y cuando rompió con López, sus enemigos (y los de ambos) lo usaron para golpeteo a López y se prestó. Lástima, ahí acabó su prestigio y su escaso capital político aún restante. Y acabó, porque muchos lo considerábamos más inteligente, pero creyó ver la oportunidad de seguir vigente, equivocándose. Le pudo mucho su ego.

En todo caso, es de los políticos que no entendió la forma, no quiso o no pudo encontrar cómo retirarse a tiempo. Eso le negó un retiro digno y, acaso, habría sido mucho más aplaudido. Eso lo mostró acabado, imposibilitado, ya. Muy patético. Ya en la Cámara de Diputados apenas podía con su alma. Los años gloriosos ya habían pasado hacía tanto… aquellos en que contribuyó, eso sí, a fracturar al PRI, donde se quedó lo peorcito hasta hoy, aunque los priistas retobones, ufanos rezonguen hasta hoy negándolo, mintiendo como es su costumbre; aquellos años en que increpó a Miguel de la Madrid, destruyendo para siempre esa intragable y parsimoniosa ceremonia del Informe presidencial en San Lázaro que informaba nada y afortunadamente, ya desaparecida tal y como lo era entonces; ahí mató la impoluta figura del intocable jefe del Estado priista en esa tóxica ceremonia priista que lo regodeaba. Atrás quedó el sujeto que supo argumentar contra el TLC y votó contra él. Que le dijo a Zedillo cómo sería la relación con el Legislativo desde ya e hizo valer la ley frente al priismo más putrefacto ahí representado. Quedaron atrás los años de preclaras ideas, cuando tuvo una clara idea de cómo fracturar al PRI, de cómo ser opositor inteligente, de cómo impulsar a la izquierda y de cómo ceder cuándo tocaba, como en el triunfo de Fox o en apoyar a López Obrador. Esos días de gloria pasaron hace ya mucho tiempo. Nadie podrá negar que en la última década pasó de apoyos tibios a la izquierda, antes a servir a la derecha como embajador ante la Unión Europea, a de plano confrontarse con López y balbucear, nunca mejor dicho, ideas ininteligibles, contradictorias y mafufas en torno al devenir político nacional. Se volvió una grotesca caricatura de sí mismo.

Al final, quedó fuera de todo. ¿Qué sería? ¿fue desechado? ¿dejó de servir? Quizás. No sería al primer político que, con un cierto grado de poder, le sucediera después el abandono. Y eso les pone en depresión. Se esfuma el poder. De las últimas veces que le oí me quedó la duda de si estaba en sus cinco. ¿Cuerdo, sobrio? Era imposible saberlo. Qué lástima, ya que fue, hace mucho, mucho tiempo, un referente que en estos años dejo de serlo. Y todos lo sabemos. Otros y no él, fueron los actores políticos del cambio. Apenas resta la esperanza aludiendo a una frase del político decimonónico español Cánovas del Castillo: “todo se degenera, menos la raza”. A saber.