La jefatura máxima

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El modelo priísta de control del presidente de la república sobre sus sucesores no fue un invento del PRI, sino que viene desde los tiempos de consolidación de una clase política autónoma e independiente en 1808. Y a pesar de que de 1824 a 1856 el presidente de la república era electo por el congreso federal en base a ternas enviadas por las diputaciones provinciales, en México se ha dado una presidencia caudillista que pretende continuar más allá de los tiempos legales.

En ochenta y siete años de vida institucional –de la Constitución de 1824 a la revolución de 1910–, México tuvo solo tres presidentes de la república que mantuvieron el control del poder durante setenta y un años, esto es: el 81.6%. Santa Anna gobernó veintidós años, Juárez a lo largo de catorce –y no más porque murió en Palacio– y Porfirio Díaz durante treinta y cinco años.

Luego llegó el breve periodo obregonista de 1920 a 1929. Y el PRI como partido de Estado tuvo el poder presidencial durante setenta y un años, la misma cifra en que gobernaron los tres caudillos mexicanos del siglo XIX. El PAN apenas pudo conseguir dos sexenios, de manera inexplicable regresó el PRI a Los Pinos en 2012 y en el 2018 se estrenó López Obrador en la presidencia.

La sucesión presidencial como acto de decisión de poder para que el presidente en turno designe al siguiente gobernante es, pues, un tema histórico. y el primero en realizar el esfuerzo de categorizar el proceso fue el activista Francisco I. Madero en su libro La sucesión presidencial en 1910. El Partido Nacional Democrático.

La estructura del poder político en México ha estado en cinco instituciones: 1) el presidente de la República con el poder absoluto –también caracterización de Madero–, 2) el partido operado de manera directa por el presidente para poner candidatos a alcaldes, gobernadores y legisladores centralizando el poder, 3) el aparato de seguridad y justicia –PGR-FGR, Fuerzas Armadas–, 4) el control absolutista del presupuesto público y 5) el manejo o supervisión directa de la estructura electoral –Comisión Federal electoral-CFE-INE–.

Todos los presidentes han buscado dejar un incondicional como sucesor, todos han obtenido garantías del feliz sucesor de que así será y todos han quedado decepcionados. Obregón puso a Elías Calles y este le quitó hasta la presidencia reelecta y la vida, Elías Calles se asumió como el jefe máximo de la revolución y su periodo terminó –en caracterización de Tzvi Medin– en un minimato de apenas ocho años 1918-1946.

Y desde 1940 ningún presidente de la República ha podido repetir el modelo callista de jefatura máxima, en el que “el presidente habitaba en el Castillo de Chapultepec, pero el que mandaba vivía enfrente”, pues Elías Calles tenía su casa justo frente al Castillo y ahí, en el hogar del caudillo, se realizaban las reuniones de gabinete.

La única garantía de continuidad transexenal –entonces cuatrienal– ocurrió de 1876 a 1910 a través de la reelección presidencial. El poder presidencial en México es indivisible y no funciona ya con cacicazgos transexenales, por mucha lealtad que exista. Eso sí, todos los presidentes de la república desde 1917 han jurado y perjurado que se retirarán de manera total de la política vigente y militante.

El único caudillismo moral vigente en el siglo XX, a la par del que sigue ejerciendo Benito Juárez en el ánimo nacional, ha sido el del general Lázaro Cárdenas del Río y se basó en su decisión de quedar apartado de la política práctica, aunque continuó emitiendo declaraciones de índole política sobre el rumbo del proyecto histórico de la Revolución Mexicana. El distanciamiento político del general Cárdenas pasó la prueba consanguínea al no ser una bandera directa del cardenismo poscardenista –“el cardenismo, esa Iglesia sin Papa”, escribió José Revueltas en 1958– de su hijo Cuauhtémoc.

Así que hay que prepararse para la ruptura inevitable entre el presidente López Obrador y su sucesor.

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